Dijiste que yo podía ver, que el mundo era una niebla negra, y que solo algunos tenían la luz en los ojos.
Dijiste que yo podía oír, que nadie más podía gritar al oír cuartas aumentadas, que yo era capaz de percibir la cuerda.
Dijiste que yo podía tocar, sentir el aire descomponiéndose, raudo, a cada paso que daba, apenas rozando entre mis yemas su seda.
Dijiste que yo podía oler el perfume de la hierba tras la tormenta, que podía disfrutar de las gotas y los rayos aun cuando estos todavía no habían empezado a caer.
Dijiste que yo podía saborear, que el agua es diferente cada vez, que había algo dulce en todos los males que me amargaban, y que el sufrimiento, el dolor que manaba de mis heridas, podría ser bonito y no un simple sabor metálico.
Dijiste todo eso, pero es mentira. Quizá me falte el sentido más importante, el del equilibrio. Yo veía, oía, tocaba, olía y saboreaba cosas que no existían. En realidad estoy ciega, sorda, muda, inválida. Estoy cerrada a la realidad... pero abierta a una fantasía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario