Literatura de los siglos XVIII y XIX

Don Álvaro o la fuerza del sino

Jornada primera - Tradición y planes truncados

El Romanticismo: el periodo más inspirador de la historia literaria, el que nos recuerda que los artistas somos seres rebeldes, con el don de poder ver entre las tinieblas y con la increíble capacidad de sentir. Las obras románticas, escritas a finales del siglo XVIII y en la primera mitad del XIX, pueden proporcionarnos, como en el resto de etapas literarias, grandes enseñanzas. En concreto, vamos a trabajar Don Álvaro o la fuerza del sino, una obra teatral de Ángel de Saavedra, el Duque de Rivas. Estrenada en 1835, es una de las obras más características del Romanticismo español.

Sus rasgos los podemos encontrar hasta en el título:

Don Álvaro o la fuerza del sino

Drama original en cinco jornadas,
 y en prosa y verso

Las jornadas o actos, según el teatro clásico, debían ser tres, por lo que encontramos un alejamiento de la norma (el romántico siempre se sale de ella, pero no por eso su obra resulta desequilibrada). Además, el autor especifica que su drama (palabra que hoy en día asociamos a gran expresión y a desgracia) está escrito nada más y nada menos que en prosa y en verso. Los dos estilos a la vez. He podido comprobar, tras leer la primera jornada, que el autor establece una especie de criterio a la hora de decidir si los diálogos son de un tipo u otro: por lo general, las escenas cotidianas de los habitantes, junto con la acción que se da al final de la jornada, se escriben en prosa, y se reserva el verso para los diálogos entre los nobles o para la expresión de amor dada por Don Álvaro (sorprende que Curra, la criada, también hable en verso, aunque imagino que es porque está hablando con su señora y la trata con respeto).

Pero vayamos por partes. Como ya he indicado, vamos a analizar la jornada primera escena a escena, aunque nos hemos saltado la dedicatoria. Y de esta, conviene resaltar algo:

Al Excmo. Sr. D. Antonio Alcalá Galiano en prueba
de constante y leal amistad en próspera y adversa fortuna.

Se trata de esa mención al destino, también presente en el título de la obra. Su amistad es tanto en la buena como en la mala fortuna, pero ¿no resultan interesantes los adjetivos opuestos que utiliza? La conjunción "y" se utiliza para unir términos iguales. ¿Puede ser la fortuna próspera y adversa a la vez? 

Continuemos con la primera escena. Antes de esta aparece una amplia descripción, en la que se cuidan los detalles, indicando la imagen que tenemos ante los ojos al comienzo de la obra. La escena es en Sevilla, en el barrio de Triana. Esta ciudad es totalmente española, y a lo largo de la historia ha tenido gran importancia (no solo en la Antigüedad, sino también como centro de la colonización de América). Ahora no se recurre a su centro ni a sus famosos edificios, sino a un barrio que está a las afueras, claramente popular, en el que conviven los pescadores y otras personas de clase baja. ¿Por qué? Pues porque el autor huye de la sociedad aristócrata y burguesa, se evade de ella. Del mismo modo, la acción en estas escenas transcurre al anochecer: es el momento en el que el autor se siente mejor, cuando no hay casi nadie y puede estar solo (además de que las noches son inspiradoras). La historia de un gran drama empieza allí donde nadie quiere estar.


Y cobran una gran importancia en la descripción los elementos tradicionales: se habla de barcas, de un aguaducho en el que el tío Paco vende su bebida, se ve la alameda (estamos en las afueras) y se nombran los utensilios populares que están dispersos. Para el romántico, la tradición permite otra evasión, esta vez al pasado (la obra está ambientada en el siglo anterior a cuando fue escrita).

Lo siguiente que aparece son los personajes: tenemos al aguador, el tío Paco, junto con un majo (obligatorio incluirlo si hablamos de tradición popular), Preciosilla (una gitana, también obligatoria), dos habitantes y un oficial (más adelante llamado militar en algunas versiones; un poco sospechoso que se encuentre a las afueras de Sevilla, pero vemos que el romántico quiere mostrar encuentros entre distintas clases sociales).

Los diálogos dan gran importancia a lo tradicional (se habla de templar la guitarra y cantar rondeñas, a la vez que se pide al tío Paco que sirva su agua a la manera típica de allí). Podemos destacar que Preciosilla sabe leer la buenaventura (como ya hemos dicho, el destino va a ser uno de los grandes temas de la obra), y apreciamos cómo el oficial la rechaza y el majo no. Las opiniones dispares de los personajes van a ser comunes en la obra; no solo servirán de contraste, sino que también nos ayudarán a que la acción avance.

La segunda escena comienza con la aparición del canónigo de la catedral (personaje culto que contrasta con los que son populares). Ya aquí podemos percibir la adecuación del registro de los personajes. Frente al habla popular del tío Paco ("en descansando un poquito") y el laísmo de Preciosilla ("mi madre la dijo la buenaventura"), el canónigo utiliza expresiones más cultas ("no diga sandeces").

La escena es importante porque, después de haber mantenido una conversación sobre temas tradicionales (el aguardiente, el rosario, los toros...), el autor empieza a presentar al personaje principal. Es la primera vez que oímos hablar de Don Álvaro, y podemos ver claramente su exaltación: aparece como todo un caballero, como un héroe. Es muy curioso cómo, pese a que algunos personajes no lo conocen en persona, todos se muestran admirados por él. También descubrimos que, aunque trabaja como torero (algo típicamente español), ha nacido en América: hablan de su ascendencia inca (lo exótico y lejano es también evasión para los románticos), y de que ha aparecido en Sevilla de la nada, con mucho dinero. Estas descripciones acentúan el misterio del personaje: es nuestro protagonista, pero no sabemos nada de él. De hecho, Preciosilla deja intuir algo sobre que tiene mala fortuna...

A su vez, en esta escena se introduce la acción de la obra: Don Álvaro ha pedido matrimonio a Doña Leonor, pero su padre (el marqués de Calatrava) no lo consiente y se han mudado de la ciudad. Además, también se habla de los hijos de este, y se les exalta casi tanto como a Don Álvaro, dando a entender que pueden ser un problema para su relación con Leonor. Esta curiosa manera de presentarnos a los personajes principales nos permite hacernos una idea casi perfecta de ellos (y luego la realidad puede que sea otra cosa). Algo importante también es la posición que van tomando los personajes: la mayor parte de ellos están de parte de Don Álvaro, pero el canónigo parece partidario de la elección del marqués.

La tercera escena es solo visual, pero en ella también aparecen diferentes elementos dignos de considerarse. En primer lugar, anochece (y en un momento preciso), y aparece el propio Don Álvaro. La noche solo resalta su aspecto misterioso: todos se callan cuando pasa, lo vemos vestido elegantemente, y además esta mirando de un lado a otro la escena (aparentemente, sin ver a los personajes). Son importantes las palabras con las que se comporta: dignidad y melancolía. Don Álvaro es un personaje seguro de su valía y orgulloso, pero se presenta triste y soñador, como un romántico. Probablemente, todo lo que contempla mientras cruza la escena le esté sirviendo de inspiración para su imaginación o, como mínimo, le está despertando algún recuerdo o sentimiento.

La cuarta escena muestra el diálogo de los personajes cuando Don Álvaro se ha marchado. Muchos de ellos comienzan a irse, pero comentan aspectos importantes para la acción: parece ser que Don Álvaro tiene extraños hábitos, y moviliza sus caballos por las noches. Todos ven más allá de los hechos y quieren que los amantes se reúnan, pese a la prohibición del marqués, excepto el canónigo (es su amigo y decide ir a avisarle pronto). De nuevo vemos el habla vulgar del pueblo (para el tío Paco, "puente" es un sustantivo femenino).

En la quinta escena hay un cambio de escenario. Nos encontramos en el interior de una casa o palacio, con lo cual el ambiente es más noble y aristocrático y contrasta con lo popular. Sin embargo, se describen los detalles, y encontramos también una guitarra (como la de Preciosilla), solo que rodeada de objetos lujosos. Aparecen escudos de armas (típico de las familias nobles), y otro dato que llama la atención es que ya es de noche (medianoche, como se indicará después), y la escena está tenuemente iluminada con unas velas. De nuevo, el ambiente oscuro de los románticos. Hay un balcón abierto que cobrará importancia más adelante, pues por él puede alguien entrar o salir de la casa.

Los personajes que aparecen ya los conocemos, pero hasta ahora no los habíamos visto: el marqués, que viene a desearle buenas noches a su hija, con abrazos y besos (y cierra el balcón, el muy avispado); y ella, Doña Leonor, hija del marqués y con una personalidad muy interesante. Su personaje resulta realista porque vemos que, en un principio, aparece distante (no entraba en su plan que su padre fuera tan cariñoso con ella), y luego irá experimentando una serie de emociones muy similares a las que podría tener cualquier mujer en su situación.

El diálogo se va desarrollando, nombrando a los dos antagonistas de Don Álvaro que no han aparecido aún: Carlos, el hijo del marqués, que está en Barcelona de capitán militar, y Alfonso, estudiante en Salamanca. Se supone que Leonor puede pedirles que le traigan regalos, pero no desea nada (se van a juntar en Navidad). Es entonces cuando interviene Curra, la criada de Doña Leonor. De ella podemos intuir que, aunque sea una sirvienta y no tenga títulos nobiliarios, su habla es algo culta (puesto que habla en verso), pero también vemos en ella rasgos populares: algunas expresiones que quizás los nobles no dirían; y, sobre todo, el hecho de que enuncia todo de forma directa, un poco diciendo lo que piensa. Aún así, se contiene delante del marqués y vemos cómo su relación parece buena.

La escena termina cuando se marcha el (baboso) marqués. Aunque es un padre (muy, muy) cariñoso, en sus palabras muestra su autoridad: es él quien debe elegir con quién va a casarse su hija (el teatro es también una crítica a esto). Y aunque Leonor le suplica y él dice que la quiere y que va a hacer de todo por que sea feliz, en el fondo no la está escuchando y le importa poco si está sufriendo o no (luego veremos lo rápido que cambia de opinión sobre su hija). Leonor, con el marqués, no puede ser ella misma: él puede presentarse como un padre cariñoso, pero es severo y le importan más el honor y el conservar su autoridad noble que los sentimientos de su hija.

La sexta escena es un diálogo entre Curra y Doña Leonor, que ya que por fin se han quedado solas, aprovechan para abrir de nuevo el balcón. Así entendemos algo de su plan, que ya parecía intuirse desde la cuarta escena: Don Álvaro va a venir y se van a marchar juntos. Pero Leonor pasa por un momento de inseguridad (también vemos que es de alta cuna, y por eso no parece estar muy dispuesta a ayudar a Curra con las maletas, y prefiere explicar sus sentimientos de forma dramática). Su deseo de que su madre viviera para ayudarla es callado por Curra, que la recuerda hasta peor que su padre en lo que a estatus social y a política de matrimonio se refiere.

Pero Leonor está dudando porque su padre ha sido últimamente muy cariñoso con ella. Y es ahora cuando empieza a nombrarse a Don Álvaro: la criada avisa que, conociéndolo, si ella no accede a irse con él podría suicidarse. A Leonor no le gustan mucho sus palabras: ella afirma que lo ama. ¿No va a dejar a su familia por él?

Para consolarla, Curra empieza a contar lo que piensa que va a ocurrir. Según ella, ambos tendrán mucha suerte y podrán casarse y solucionar sus problemas familiares. Sus ideas suenan tan bien que los lectores nos creemos sus palabras y nos encontramos soñando que ocurra tal y como ella dice. Pero, por supuesto la fortuna tiene otros planes... Aunque a nosotros el sueño nos va a parecer mejor que la realidad. Nos gustaría evadirnos en él, como románticos, para no tener que ver lo que realmente pasa...

Leonor se inquieta porque es tarde y Don Álvaro no viene, pero justo entonces suenan los caballos y sabemos que está ahí.

La séptima escena es la primera en la que el protagonista que da nombre a la historia tiene diálogo. Don Álvaro lleva una ropa diferente a la de la última vez, que ahora asemeja a la tradicional de majo sevillano. Sin embargo, su forma de hablar es culta y está llena de metáforas. No encontramos en ella rasgos de que proceda de América, aunque sí hace referencia a su cultura inca al compararse con el Sol, un dios para ellos. De todas formas, también vemos algo de gineolatría en sus versos a Leonor, puesto que la entiende como señora y, sobre todo, como Dios.

Don Álvaro explica el porqué de su retraso y parece, como Curra, muy convencido de que todo va a salir bien. Tiene preparados los caballos y un sacerdote en el pueblo para que los case a escondidas (al más puro estilo Romeo y Julieta). De nuevo, queremos que sea verdad lo que dice.

Pero Leonor se muestra dudosa y pide a todos que se detengan (está hecha un lío con todo lo que está pasando). Entonces, Don Álvaro piensa que ya no le ama y enuncia la visión romántica de la mujer: por una parte, Doña Leonor es un ángel, casi medio Dios, como hemos indicado antes, pues su amor es la cosa más hermosa y que más anhela Don Álvaro; pero, por otra, también es una especie de demonio o sirviente del mal, pues ¿no le acaba de decir ahora que ya no quiere irse con él, dejándolo confundido y adolorido?

Por fortuna, Leonor se decide a ir tras el monólogo de su amado, pero se ve que no tiene muchas fuerzas, puesto que parece estar a punto de desmayarse. Ello hace dudar de nuevo a Don Álvaro. En parte, el autor está jugando: primero sí, luego no... Quizá esta indecisión les provoque después una mala suerte... Ya que, cuando al fin van a escaparse por el balcón, escuchan sonidos.

A partir de aquí, dejamos de lado el verso y los diálogos son en prosa. Temiendo por quien pueda ser, Don Álvaro desenfunda su pistola, gesto que asusta mucho a sus compañeras (Curra ha sido básicamente ignorada todo el tiempo, pese a sus intentos por ponerse en marcha), aunque dice que no la usará para matar a nadie de la familia de su amada, sino a sí mismo si fuera necesario (ya veremos que la pistola jugará un papel importante).

Entonces, irrumpiendo en la octava escena, aparece súbitamente el marqués, padre de Leonor, que acaba de descubrir el plan de ambos (¿tendrá algo que ver el canónigo con esto?). Lo primero que vemos es cómo los insulta a los dos. ¿Pero no quería a su hija? ¿No la estaba besando y abrazando antes? Se presenta de forma desquiciada, como cegado por el engaño, y lleva también un arma, un espadín desenvainado. ¿Qué opciones les quedan a los protagonistas? Lo peor que podía pasarles está ocurriendo, los han descubierto. ¡Drama!

Primero, Don Álvaro se comporta como un caballero, asumiendo toda la culpa y postrándose a los pies del marqués, pero para este eso es un signo de baja condición, y lo dice sin tapujos, algo que enfada a Don Álvaro. Durante toda la escena, Doña Leonor estará suplicante, pero no se le presta atención, ya que el duelo es entre Don Álvaro y el marqués (que, por otra parte, parece odiarla ahora).

Don Álvaro monta la pistola con objeto de quitarse la vida; y, tras alabar de nuevo a Leonor, decide que es mejor que le maten el marqués y sus criados. Por ello, se desarma. Y aquí viene el drama: la pistola estaba cargada, rebota contra el suelo, tirada por Don Álvaro, y se dispara. Mala suerte de por sí, pero... ¿A quién va a dar la bala?

Al marqués. Buena se ha liado... Lo siguiente es confuso: gritos horrorizados de Leonor, Don Álvaro desesperándose y el marqués, con su último aliento, maldiciendo a la pareja. ¿Dónde está la buena fortuna ahora? Parece que las palabras de la gitana se van haciendo realidad. ¿Quién es más fuerte, Don Álvaro...

...o la fuerza del sino que lo arrastra, cual cuerda de mala estrella, al precipicio?

Jornada segunda - Del mesón al convento

Para analizar la segunda jornada vamos a utilizar un guion. Antes lo tenía todo mejor desarrollado, pero lo que hice se borró y ahora sencillamente no tengo tanto tiempo (ni tantas ganas de repetirlo). Así que no creo que mi análisis pueda ser tan bueno como lo era, pero de todas formas voy a intentarlo.

Comenzamos por la primera escena. Notamos un cambio de escenario con respecto a la jornada anterior: ahora nos encontramos en el pueblo de Hornachuelos y toda la zona de los alrededores. De nuevo es de noche, pero nos hace plantearnos algo: ¿ya no estamos en Sevilla? ¿Qué ha pasado? 


En la escena aparecen diversos personajes; la mayoría de ellos pertenecen al ámbito rural, y no conocemos a ninguno de la jornada anterior. Así, están el mesonero y su mujer, la tía Colasa, conocidos en el pueblo por su comida y su hospitalidad; también hay una moza que les ayuda y algunos lugareños. Tenemos a los arrieros (solo uno de ellos presenta diálogo), personajes puramente populares; y luego está el tío Trabuco, con su forma de hablar típicamente rural y sus ganas de dormir. El punto culto lo ponen el alcalde (que aunque es de un pueblo no duda en mostrar su autoridad y parece algo más ilustrado que el resto) y un estudiante, que utiliza frases en latín y cultismos, y se muestra muy interesado por un hecho misterioso (un viajero ha llegado al mesón, supuestamente por el jubileo, pero no se quiere mostrar ni quiere comer con los demás. ¿Quién será).

La forma de hablar del estudiante choca muchísimo con la de otros personajes, como la mesonera, la tía Colasa. Ella utiliza frases pueblerinas ("Pepa, al avío", "¿no digo que basta ya de zangoloteo?", "la tía Ambrosia no me gana a mí a guisar ni sirve para descalzarme el zapato; no, señor"), y, con respecto a la última, esta viene dada por un comentario del estudiante. Este compara la comida del mesón con la ambrosía de los dioses olímpicos; y, claro, la tía Colasa no está licenciada en griego ni en latín, y confunde la palabra con el nombre de su rival, la tía Ambrosia (a la cual ponen bonita en la conversación). Dejando a un lado las discusiones, de nuevo encontramos el elemento tradicional (por ejemplo, el gazpacho está sobre el brocal del pozo, porque no hay frigoríficos en España en el siglo XVIII).

Ahora vamos a centrarnos en el estudiante, el mismo que está obsesionado con el viajero misterioso. Resulta que el visitante ha venido junto al tío Trabuco, así que el estudiante no le va a dejar dormir: quiere saber si es un hombre o una mujer, de dónde viene y adónde va. La tía Colasa no puede callarse la lengua y también le cuenta algunas cosillas sobre el viajero al estudiante (como qué ha hecho al llegar y que muestra interés por el convento que hay por la zona). También el estudiante va a dar la lata a Pepa, la moza, para que le diga cuál es el cuarto en el que lo hospedan. Sin embargo, el alcalde y el mesonero no parecen dispuestos a que el estudiante meta las narices donde no le llaman, y le preguntan quién es.

Este es un momento en el que los espectadores ponen gran interés, pues el estudiante podría tener alguna pista sobre qué le ha pasado a Don Álvaro. Al final, sus palabras nos sorprenden: este joven es compañero de Alfonso, que a su vez es el hermano de Leonor. Ha ido con él a Sevilla por la muerte del marqués, y los hermanos se han reunido y quieren venganza. De Don Álvaro sabemos que se ha embarcado a América, y Alfonso irá tras él; Doña Leonor, según parece, murió la noche del asesinato. El estudiante está volviendo a Salamanca, pero ha pasado por aquí.

Tras la cena, todos se van a sus habitaciones (el estudiante casi se equivoca y, muy pillín, va a meterse en la del viajero). En la escena segunda vamos a descubrir quién es este. La escena consiste en un diálogo en verso entre los mesoneros (no sin dejar de lado parte del habla popular), en el que el dueño aconseja a su mujer que sea más discreta con los asuntos de los clientes. Sin embargo, ella dice que el viajero al final es una mujer, y que va a ir a ver cómo está. Sin embargo, cuando vuelve del cuarto, resulta que este está vacío: ha escapado, dejando una moneda para los mesoneros.

Como espectadores, podemos tratar de averiguar quién era el viajero. Al ser una mujer, solo hay dos opciones: o Curra o Leonor. Por la moneda, parece que es la última, pero ¿no han dicho que estaba muerta? ¿O no?


La tercera escena incluye un cambio de escenario. Ahora estamos en los alrededores de la villa, en los barrancos donde se sitúa el convento de San Francisco de los Ángeles. No solo es de noche y hay una gran luna, sino que también se escuchan los cantos de los monjes, algo que resalta el ambiente romántico y la soledad que se respira en el lugar.

Aquí descubrimos que definitivamente el viajero es Doña Leonor, vestida de hombre. Su monólogo es poético y combina versos endecasílabos y heptasílabos. Pueden parecer liras, pero no lo son, pues las estrofas no tienen cinco versos; por tanto, los consideramos silvas. Parece que la dama ha escuchado la conversación del estudiante, y resulta que ella creía que Don Álvaro había muerto la noche de la huida, hace un año, porque lo perdió. La revelación de que sigue vivo hace mella en ella: ¿cómo, si decía que la quería, se ha marchado sin ella? ¿Por qué la ha abandonado? Doña Leonor es muy cristiana y está constantemente implorando a la Virgen o a Dios. Parece que quiere retirarse en este convento porque ahí fuera corre peligro.

En la cuarta escena, Leonor se decide a llamar al convento, y aparece un personaje muy curioso, el hermano Melitón, que se parece al gracioso del teatro barroco. Esto es así porque dice lo que piensa y sus diálogos tienen ironía. Sus comentarios pueden sacarnos una sonrisa (de hecho, nos manda de nuevo al mesón de la tía Colasa para que no demos lata a esta hora en el convento). Se muestra un poco gruñón, pero como Doña Leonor quiere hablar con el padre guardián del convento, no tiene otra opción que llamarlo para que venga. 

A partir de la quinta escena, el resto de la jornada es en verso. En esta escena, Leonor implora a la Virgen para que le concedan lo que quiere en el convento, y en la sexta escena aparece el padre guardián y el hermano Melitón tiene que irse (no sin ser gracioso) para dejarlos a solas en el exterior del convento.

En la séptima escena encontramos un diálogo muy culto entre el padre guardián y Leonor. Por ejemplo, ella se nombra como "mujer infelice", algo que recuerda a la poética antigua (un uso arcaico del pronombre quien también aparece más adelante, cuando afirma que "no es un instante de delirio // quien me sugirió la idea); y ambos utilizan un vocabulario elevado y culto ("las insidias del demonio, // las sombras a que da brío // para conturbar al hombre, // no tienen aquí dominio ", dice el padre guardián). Lo vamos a poder apreciar en todo el diálogo, con su léxico elevado y la complicada sintaxis de las oraciones.

Leonor estaba allí no porque quisiera tomar los hábitos, sino porque le pedía protección para vivir de forma sencilla en una gruta de los alrededores, igual que había hecho otra mujer antes que ella, como penitente y para poder rezar. El padre guardián no logra hacerla cambiar de opinión, así que le dará permiso para vivir allí y que nadie se acerque. Va a estar a salvo de sus hermanos, por si estos se quieren vengar, y recibirá comida cada semana. También puede tocar una campana si necesita ayuda.

La octava escena concluye con Leonor entrando en la iglesia del convento para celebrar una última eucaristía (y el hermano Melitón aparece de nuevo y vuelve a quejarse). 

En esta jornada ha habido varios momentos de gran tensión escénica. El primero ha sido cuando el estudiante revelaba quién era (lo cual nos ha permitido hilar el argumento de la obra). El segundo, cuando Leonor se ha escapado del mesón (dejando a los dueños preocupados y a nosotros más intrigados), y otro más, aunque de mayor duración, sería el clímax del diálogo de Doña Leonor y el padre Guardián, en el que este le permite a ella quedarse en la gruta (esto indicaría que a Don Álvaro, cuando aparezca, le va a costar encontrarla).

Jornada tercera - Los juegos del destino

La jornada se sitúa en Italia. Si tenemos en cuenta la novela bizantina y lo que pasará más adelante (que de momento no lo sabemos, pero Don Álvaro se ha unido al ejército español y está en una campaña en Veletri, Italia), es normal que los amantes sean separados y vivan una auténtica odisea hasta reencontrarse. Ella suele ir a un convento, y él normalmente se une al ejército, pasando precisamente por Italia. En Don Álvaro o la fuerza del sino, también la acción nos lleva a otro país (el teatro romántico se opone al clásico, en el que no hay cambios de escenario).

La primera escena se desarrolla en un interior, en una sala para oficiales. Se describen los objetos y cómo vivían, al igual que en otras muchas escenas de la obra. Lo que nos vamos a encontrar es a los oficiales del ejército en su tiempo libre, que son unos aficionados al juego (tanto, que han desarrollado una gran habilidad para las trampas). Hablan de las jugadas que han hecho, y uno de ellos, Pedraza, informa de que hay un miembro nuevo en el ejército que parece inexperto con las cartas y al cual le van a poder sacar dinero (en el fondo esperamos que sea Don Álvaro).


Podemos clasificar esta escena como costumbrista. En primer lugar, las descripciones del lugar se corresponden a cómo se vivía en el ejército, y los personajes forman parte del mismo cuadro, mostrándonos cuál era su manera de pasar el tiempo, de una forma muy realista. La forma de hablar de los oficiales es típica no solo del ejército, sino también del juego.

Pero esto es algo que se ve mejor en la escena segunda, en la que vamos a presenciar cómo los oficiales y el nuevo invitado (que aún no sabemos quién es) comienzan a jugar a las cartas. En las dos escenas se utilizan términos como "tirar una buena talla", "blanquito" "pilíes", "barajas floridas", "un juego eterno // que no he podido quebrar", "copo"... claramente relacionados con el juego;  además de todas las veces que se nombran cartas de la baraja (sotas, reyes, ases, figuras, tres, cincos, caballos...).

La segunda escena está en verso, a diferencia de la primera. Como teoría, es porque los oficiales querían causarle una buena impresión a su nuevo amigo, aunque más adelante cuando empiecen a luchar continuarán también en verso. También podría ser para diferenciar la segunda escena de la primera, más costumbrista (hasta ahora, las escenas costumbristas han estado en prosa).

El caso es que los oficiales han intentado hacer trampa para ganar a su nuevo compañero de juego, y este no está dispuesto a ello. Al principio discuten, tildándose unos a otros de tramposos, pero después comienzan una pelea. Se trata de siete contra uno, según el autor da a entender más adelante. El nuevo jugador está en una clara desventaja.

¿Y de quién se trata? Aunque lo averiguaremos más adelante, no está mal decirlo ya para que podamos hacer un análisis del personaje: es Don Carlos, el hermano de Leonor que estaba en Barcelona en el ejército. Parece ser que ha llegado a Italia hace poco, y se ha metido sin querer en esta sala de oficiales aficionados a las cartas. De su personalidad, por tanto, podemos intuir que al principio se fía de la gente, aceptando de buena gana la invitación para jugar, pero después no le gusta mucho el sitio en el que se ha metido, y además no soporta que le hagan trampas. Puede parecer que es alguien honrado y justo (al fin y al cabo, es natural querer que no haya trampas), pero ¿en serio es sensato querer arreglar las cosas mediante la violencia?  Es él quien tira la mesa (aunque después los demás saquen las espadas). ¿De verdad que no puede aguantarse y pedir una revancha en el juego antes que luchar (¡con una clara desventaja, además!) contra los que hasta hace poco habían sido compañeros? Su concepto del honor propio y de que no le tomen por tonto es bastante fuerte. Luego veremos cómo continúa desarrollándose el personaje.

En la tercera escena cambiamos otra vez de escenario; ahora nos encontramos en una especie de selva. Pero lo más importante de esta escena es que en ella aparece Don Álvaro. ¡Por fin! Lo vemos vestido también con el traje del ejército (tiene un rango alto), y con sus reflexiones hará el gran monólogo de la historia, en verso.

Se parece bastante al de Segismundo en La vida es sueño de Calderón de la Barca: ambos son de carácter pesimista, centrados en una visión negativa de la vida. Lo primero que Don Álvaro dice es que la vida es una carga para las personas con mala estrella (como él). Así, compara la vida con un calabozo (recordemos que Segismundo estaba encerrado, para él, la vida sí que sí era estar en un calabozo).

Y ahora Don Álvaro dice que la vida es más larga para los que sufren más, y corta para los que son felices. ¿No es eso una completa paradoja? ¡Si el que sufre lo que quiere es morir, y el que está alegre quiere permanecer así siempre! Pues no, y Don Álvaro se incluye entre aquellos que andan buscando la muerte pero no la hayan (spoiler: al final morirá joven... Pero tendrá tiempo para perderlo todo una vez más). También afirma que si el día en el que se fugó con Leonor todo hubiera salido bien, ¡seguro que la muerte habría llegado pronto! Pero, claro, entonces no la querría.

Este debate entre la vida y la muerte no aparece en el monólogo de Segismundo. Él más bien habla sobre la libertad. ¿Por qué tiene que estar él cautivo cuando los peces y los pájaros son libres? En el fondo, si entendemos que la vida es una prisión para Don Álvaro, podría parecerse: ¿por qué tienen que morir (es decir, salir del calabozo) los que lo pasan bien (que precisamente quieren permanecer en el calabozo) y vivir los que sufren (los que quieren salir del calabozo pero no son capaces)? ¿No podría, por favor, ser al revés?

Lo siguiente que hace Don Álvaro es hablar de su pasado. No sabemos muy bien qué quiere decir,  puesto que el objetivo del monólogo no es contarnos su historia, pero está claro que nació en América y ha tenido mala fortuna desde pequeño. Parece que el único día bueno que tuvo fue el comentado anteriormente, y fue entonces, irónicamente, cuando su fortuna se tornó más negra. 

Y, ¡atención!, vamos otra vez con las mismas: Don Álvaro cree que Leonor está muerta. La describe como un ángel del cielo, junto al Señor y capaz de mirarlo y ver su desgracia. ¡Por eso quiere morir! Tal vez eso haga posible el reencuentro. ¿o no?

Ahora Don Álvaro alude a aquellos que lo admiran, que ven cómo obtiene victorias para España. ¡Si en realidad lo único que busca es acabar con su vida! ¿Acaso al temerario se le da la gloria? ¿Y qué pasa si ese hombre puede matar a todos sus enemigos excepto al mayor de ellos, que es él mismo?

Podríamos hacer otra interpretación algo más positiva: tal vez la muerte que busca Don Álvaro no sea literal, sino que esté tratando de luchar contra su destino, ese enemigo tan grande que parece que tiene decidida su fortuna. ¿Morir sería una forma de acabar con él? ¿O tal vez debe morir el antiguo Don Álvaro, el que buscaba a Leonor? ¿Está tratando Don Álvaro de ser más fuerte?

En la misma escena, Don Álvaro oye a los oficiales peleando contra Don Carlos, y se acerca. Dice que lo hace por desgraciado (todo lo que hemos comentado antes), pero también por caballero (al fin y al cabo, sigue siendo un héroe, aunque el sino no opine lo mismo).

Por tanto, la cuarta escena es un encuentro entre los dos personajes: Don Carlos y Don Álvaro, enemigos por la culpa de una mujer llamada Leonor. ¿Habrá sangre y muerte? Más bien no. Tras salvarle Don Álvaro la vida a su compañero (acaba de luchar contra siete en su ayuda y han salido más o menos ilesos), su diálogo continúa explicándonos que Carlos ha llegado hace poco a Italia y no conocía el lío en el que se iba a meter. Agradece a Don Álvaro que le haya salvado la vida (él no parece muy emocionado), y proceden a presentarse.

Esta parte es muy irónica, porque ambos utilizan nombres falsos. Así, no solo no son reconocidos, sino que también piensan que el otro ha dicho la verdad, y esto afianza su amistad. Don Álvaro se presenta como caballero del Rey, y Don Carlos ha oído hablar de él, así que se muestra emocionado de conocerle al fin. En este primer encuentro, ambos parecen satisfechos de la nueva amistad y creen haber conseguido un buen aliado (Carlos va a poder luchar con el mejor del ejército, y Don Álvaro parece contento por que alguien le aprecie y sea de alta cuna -no olvidemos que él también lo es-, por lo que ha ganado un amigo)

Las dos siguientes escenas son en el campo de batalla. Esto es interesante para el público: va a aparecer Don Carlos a caballo, se va a simular un tiroteo... Casi parecerá que estamos allí. Estas escenas estarán en prosa, y las últimas que les siguen, las que pondrán final a la jornada, serán en verso (aunque con mucha tensión dramatica). Pero vamos a lo que nos interesa.


En la escena quinta Don Carlos en su montura le pide a un grupo de soldados que se mantengan quietos en un lugar, para que así puedan describir la escena sexta. Lo que en esta ocurre es muy curioso: nosotros no vemos la batalla en la escena, sino en nuestra imaginación. Ahora son los tenientes y capitanes los que van a narrar lo que está ocurriendo, con sus reacciones a lo que ven y su forma de exaltar a Don Carlos y a Don Álvaro que van a estar luchando. 

Se describe a Don Álvaro como un desesperado a la hora de pelear: es la gloria de España, es valiente pero también temerario. Ya sabemos lo que busca en el campo de batalla... Pero cada vez está más cerca de cumplirlo, porque nos dicen que Don Álvaro ha caído del caballo, herido o tal vez muerto. Sin embargo, tras esa exclamación de lástima llega otra de admiración: Don Carlos también está demostrando su valía. Presenta capacidad de organización, valor y también compasión, puesto que ayuda a cargar con Don Álvaro hasta Veletri. Los tenientes quieren que se cure, lo consideran el mejor del ejército. Aun así, a los dos los han puesto por las nubes.

En la escena séptima estamos en la habitación de Don Carlos, adonde han llevado a Don Álvaro para curarlo. Tenemos también al cirujano y a dos soldados (que no tendrán diálogo). Cuando el protagonista se despierta y pregunta dónde está, se muestra muy agitado. ¿Por qué está vivo? ¿Por qué su amigo le ha salvado la vida? ¿Es que no comprende que eso era lo peor que podía hacer? En la escena Don Álvaro se desmaya varias veces, y luego se despierta otra vez. Parece que tiene una bala en el pecho que el cirujano tratará de curar.

Don Carlos trata de darle ánimos y de enumerar las posibles recompensas que el Rey podría darle a su nuevo compañero si se recupera y consiguen la victoria. Entre ellas enuncia la orden de Calatrava, algo que espanta a Don Álvaro (se está acordando del marqués de Calatrava, padre difunto de Leonor, del cual él es el desgraciado asesino).

Al fin le tienen a Don Álvaro preparada la cama para curarlo, y este, sabiendo que puede que muera, le pide a Don Carlos, en privado, un favor: le da la llave para abrir una caja que hay dentro de su maleta. En ella hay unos papeles que, sin leer, debe tirar al fuego. Carlos lo jura, promete cumplirlo. Y así lo dejan solo en la habitación.

En la octava escena ocurre el monólogo de Don Carlos, un personaje que hasta ahora ha parecido bueno y lleno de un cariño sincero hacia Don Álvaro, habiéndole salvado la vida y aceptando sus deseos antes de morir. Pero vemos que la razón por la que le salvó la vida no es otra que el honor, puesto que Don Álvaro le había salvado la vida ya antes, así que quiere devolverle el favor.

Sin embargo, en seguida empieza a preguntarse algunas cosas sobre su nuevo amigo. ¿Por qué gritó cuando habló de Calatrava? De pronto, a Don Carlos le viene una inspiración, como si fuera una chispa del destino: ¿podría ser Don Álvaro? Va presto a por su espada, pero se detiene, claro, ¿cómo va a matar a alguien que le acaba de salvar la vida?

Y es que vemos que Don Carlos es un personaje que está marcado por el honor: no se le pueden hacer trampas, no se le puede salvar la vida si él no hace lo mismo contigo a cambio y, como veremos más adelante, no puede romper sus palabras ni sus juramentos. 

¿Hay algo que le pueda decir si se ha equivocado con su corazonada de que es Don Álvaro? Pues la llave que abre la caja de su maleta (esta está en la habitación, la han traído los soldados antes). Ahora, según lo que vea, si es Don Álvaro, puede estar triste y contento a la vez (pues su amigo se convertirá en su enemigo, pero al fin ha encontrado lo que estaba buscando todos estos años). Don Carlos abre la caja y va a leer los papeles, pero se contiene. ¡Claro! Ha dado su promesa, ha jurado que no lo iba a hacer.

Ahora, Don Carlos se encuentra en un dilema: si nadie le va a ver, ¿por qué no mira los papeles y encuentra al fin lo que ha ido a buscar? Y, además, se han salvado mutuamente la vida, así que técnicamente él ha saldado toda deuda que tenía. Pero, claro, sigue siendo un enemigo al que debería matar, da igual el medio.

Finalmente, lo que detiene a Don Carlos es el honor: no puede romper su palabra. Da igual lo que pase, él es un noble, un caballero. Jamás va a ignorar un juramento que ha salido de su boca, y además otra razón por la que vino a Italia fue la de limpiar su honor (supongo que por la deshonra que causó Don Álvaro a su familia). Pero, entonces, ¿qué alternativas tiene? Este continuo vaivén (ahora sí, ahora no) hace que el público se impaciente y aumenta la tensión dramática. ¿Nos hemos librado? ¿Va a dejar de buscar si es Don Álvaro?

Pues no. Va a buscar otra prueba en la maleta. Y la encuentra: hay una cajita con un retrato, que no está cerrada con llave y que él podría mirar sin ser culpado de nada ni romper su honor. ¿Qué hay dentro? Un retrato de Leonor. ¡Ya está! La prueba es suficiente: se trata de Don Álvaro (en el público, uno grita, otro se desmaya... Drama). Don Carlos cree que su hermana está con su enemigo, también en Italia (y han tenido un hijo con los ojos del marqués, ¿no? Ojalá), y planea matarlos a los dos. Pero para ello, claro, debe estar Don Álvaro vivo.

Así, en la escena novena, vemos como Don Carlos se comporta como si nada hubiera pasado cuando entra el cirujano a darle la buena noticia de que Don Álvaro va a salvarse. El hermano de Leonor se pone contento, aunque eso a nosotros nos da mala espina. ¿Qué estará tramando este hombre?

La escena termina en suspense, y lo último que dice Don Carlos nos da escalofríos: "¿De veras?... Feliz me hacéis; // por ver bueno al capitán // tengo, amigo, más afán // del que imaginar podéis." Claro que sí, tiene muchísimas ganas, incontables, de ver a Don Álvaro, puesto que lo que busca es matarlo. Paradójico. Se nos pone la piel de gallina: el destino de nuestro protagonista cuelga de un hilo...

Fin de la jornada quinta - El sino siempre gana

La quinta jornada es la que pone fin a la obra. No vamos a hacer un análisis de ella entera, solo de su final. Pero, básicamente, Don Álvaro se ha retirado al convento de Hornachuelos (qué casualidad), con el nombre falso de padre Rafael. Sin embargo, al convento ha llegado el otro hermano de Leonor, Don Alfonso, que ha logrado provocarlo para hacer un combate con el fin de matar de una vez por todas a su oponente.

El pobre hermano Melitón ha quedado muy asustado cuando el supuesto padre Rafael y el misterioso visitante no solo le han pedido salir con la tormenta que se avecina (una vez más, la naturaleza ayuda al romántico a explicar su tumulto interior), sino que le han dicho que van al infierno.

Hemos encontrado referencias a este infierno por toda la jornada, hasta el punto de que se ha llegado a comparar a Don Álvaro con Satanás, y para este Don Alfonso es una especie de monstruo o espectro del infierno. Pero ahora, después de que el hermano Melitón se asuste y vaya a llamar al padre guardián, entramos en la escena novena, a partir de la cual vamos a analizar.

Nos encontramos en el mismo sitio que cuando Leonor llamó al convento porque quería ser ermitaña. Sin embargo, hay tormenta y se ven los relámpagos (¿tal vez porque van a profanar el lugar de Leonor?). Don Álvaro y Alfonso van a batirse en duelo, pero el último quiere contar algo: el secreto de su enemigo, ese misterioso pasado de Don Álvaro que siempre quisimos descubrir, además de unas noticias que podrían ser buenas para el protagonista, pero que, el muy cruel, iba a revelar solo tras herirlo de muerte.

Resulta que Don Alfonso ha estado en Perú y ha descubierto que el protagonista es hijo de un virrey español y una princesa inca (aquí se confirman sus orígenes nobles). Sus padres habían sido enviados a la cárcel de Lima por una rebelión, y allí nació el pequeño Álvaro, que fue educado entre los indios y enviado después a España para conseguir la liberación de sus padres. El resto lo conocemos.

¿O no? Porque resulta que el Rey acaba de perdonar a los padres de Don Álvaro, y ahora lo están buscando (deja intuir que para casarlo con alguna dama importante). Este, sin embargo, empieza a ver una llama de esperanza. ¡Si todo eso es cierto puede merecer a Leonor! Aunque Alfonso le recuerda que ahora es un monje. Y de nuevo hace una metáfora con el origen del protagonista: el sol que brillaba en el cielo (divinidad inca) ha sido sustituido con una tormenta, del mismo modo que Don Álvaro morirá. Tras insultarle Alfonso, va a comenzar el duelo (Don Álvaro tiene claro que van a morir ambos).

El diálogo en verso se sustituye por una prosa de aquí hasta el final. Esto hace la escena mucho más dinámica. En el combate con las espadas, está claro que la habilidad de Don Álvaro es superior: logra vencer a su oponente. Este pide asistencia religiosa para morir como cristiano, pero el protagonista no puede dársela (por favor, si no ha cumplido sus votos religiosos y se siente más un individuo del demonio que de Dios). Por fortuna, se acuerda de la gruta (en la que está Leonor) que hay cerca, y cree que allí vive un monje que puede ayudarlos. Doña Leonor, por supuesto, rehusa a salir, y toca la campanilla para llamar a los monjes del convento, puesto que la están molestando.

Al fin, en la escena décima (llena de acotaciones de movimiento), aparece Leonor. Su imagen es horrenda, casi parece un espectro, vestida con un saco y pálida. Sin embargo, Don Álvaro logra reconocerla, y llamándola consigue que ella también fije su atención en él y sepa quién es. ¡Viva, reencuentro! Pues no. Porque Don Alfonso, moribundo, oye su voz y cree que todo esto era una artimaña de Don Álvaro, que había escondido a Leonor en el mismo convento que él. De todas formas, ella también lo reconoce y va a abrazarlo... Pero su hermano, furibundo, le clava un puñal y después muere.

¡Oh, no! ¡Pobre Don Álvaro! Todos sus sueños de estar con su amada y reconciliarse con la familia de esta se ven deshechos ahora, destrozados de una manera grotesca y casi sin sentido. ¿Cómo algo tan feliz como el reencuentro con su amada se ha podido convertir en... esto? Don Álvaro queda traumatizado, no se atreve a tocar los cadáveres. ¡Con lo cerca que estaba entonces Leonor! Y cuando al fin la encuentra, no puede creerlo, está en un santiamén... muerta.


La última escena es el clímax máximo de la obra, la parte más dramática que le pone fin. Los rayos caen por doquier, violentos, y lo que oímos no son los maitines, como cuando llegó Leonor, sino el siniestro Miserere, que puede parecer que quiere salvarlos y pedir perdón por sus pecados, o tal vez solo los esté condenando. 

Los monjes han salido, con ellos el padre guardián, que se horroriza al ver los cadáveres. Don Álvaro se ha subido a un risco, y, cuando se refieren a él como padre Rafael, lo niega. Se llama a sí mismo demonio exterminador, enviado del infierno, palabras que indican lo convulso y deformado psicológicamente que está. Les pide a los monjes que huyan, y también implora al infierno que lo trague. ¡Dice que se desplome el cielo y que los humanos perezcan! Está completamente fuera de sí, aportando tensión dramática con esas palabras tan satánicas. Lo último que grita (¡exterminio, destrucción!) va acompañado de un acto culmen que seguro nos hará gritar: se deja caer desde lo alto del risco, desplomándose al abismo, como si fuera a los infiernos. Los monjes están aterrados y piden clemencia, misericordia.

La obra termina ahí, pero nosotros sabemos que no ha acabado, aunque el autor no tiene que contar más. Don Álvaro ha conseguido al fin lo que más deseaba: la muerte. ¿Qué tipo de muerte? ¿Adónde va a ir a parar? Según lo que hemos visto (y suponiendo que el Miserere no ha funcionado), al infierno. Al eterno sufrimiento, a la desdicha. Esa no era la muerte que quería. Recordemos que Leonor era retratada como ángel (aunque también tenía algo de maligna), y seguro que va al cielo. Hemos separado a los amantes para siempre. El destino ha querido que Don Álvaro y Doña Leonor ya no puedan estar juntos ni en la otra vida, porque no hay absolución para él. Doña Leonor no es la Beatriz de la Divina Comedia. ¡Ni siquiera es Doña Inés de Don Juan Tenorio! No ha podido salvar a su amado del destino, ¡y Don Álvaro lo ha intentado con todas sus fuerzas pero tampoco ha sido capaz de ganar!

¿Es Don Álvaro o la fuerza del sino? ¡Es la fuerza del sino! Los personajes no han podido escapar de su destino trágico, no hay nada que haya podido salvarlos. Las cosas se han torcido, han sido grotescas e inverosímiles, saliendo mal hasta incluso cuando parecía que no podían hacerlo. La cuerda que los unía a su estrella se ha roto, y nunca tuvieron el control de esta. El destino ha estado jugando con los personajes... ¡Y ha ganado! Y de nada han servido nuestro apoyo, el perdón, la penitencia o la oración, de nada, cuando el romántico contempla con pesar cómo se desmorona su mundo sin que él sea capaz de cambiarlo.

Reflexión final de la obra

Vamos a responder a una serie de preguntas sobre la obra al completo.

Análisis de los clímax. La mayor parte de ellos se van a situar al final de cada jornada. El primer clímax lo encontramos en la última escena al final de la jornada primera. Después de una acción algo dramática (la conversación entre Don Álvaro y Doña Leonor), llega el marqués y el mundo se pone patas arriba. El momento culminante es su muerte: por una jugada del destino casi irónica. Ese es el primer clímax de la historia.

El segundo momento es llamado por los estudiosos anticlímax, puesto que su tensión es menor que la del clímax y (según podemos ver) dejan mucha más esperanza y buenas noticias para los protagonistas que el clímax. Aunque a lo largo de la segunda jornada ocurren muchos hechos dramáticos (como cuando el viajero se escapa o le hablan a Doña Leonor de los bandidos frenados por la tormenta), la acción final está en que ella es aceptada como ermitaña. Como vemos, es mucho más suave que el clímax de la primera jornada.

En la tercera jornada también tenemos otro clímax bien claro: el momento en el que Don Carlos descubre que su amigo es Don Álvaro. Al ser al final de la escena, su intensidad dramática es muy alta, aunque también tenemos varios momentos anteriores (como la batalla en la que caía Don Álvaro) que han tenido repercusión dramática (aunque menor).

En la cuarta jornada otra vez aparece un anticlímax (de nuevo al final, pero en cuanto a tensión dramatica no podemos olvidarnos de la conversación de la primera escena y el arresto de Don Álvaro). Esta vez resulta esperanzador, pues hay una batalla, y el hecho de que Don Álvaro se una a ella, puede hacer que quede libre y (vemos que lo dice) acabe en un desierto (¿aunque qué posibilidades hay de que sea el de Leonor?). 

El último clímax está más que claro: es el que pone fin a la obra. El final de la quinta jornada, que concluye con la muerte de Alfonso y Leonor y, más tarde, de Don Álvaro, ofrece un dramatismo y una tensión que ninguno de los otros clímax han presentado hasta ahora. En parte es porque sabemos que el personaje va a ir al infierno.

Retrato de Don Álvaro. Nuestro protagonista es misterioso desde el principio, pero las descripciones del pueblo como una buena persona hace que sintamos simpatía con él y lo reconozcamos como héroe (aunque su final será trágico). El autor no hace descripciones de aspecto (suponemos que, como dice Don Alfonso hacia el final, es un hombre robusto, pero debemos tener en cuenta también que es torero); sin embargo, conocemos el tipo de ropa que usa.

La primera vez que lo vemos lleva una capa, un sombrero blanco, botines y espuelas. Es esta una vestimenta de caballero o, como mínimo, de alguien con dignidad. También ayuda a resaltar el carácter misterioso que quiere el autor darle. Más adelante se viste de majo (chaleco, redecilla, calzón de ante, chaqueta...), en el momento en el que va en busca de Leonor. Esto puede hacerle parecer un seductor, aunque sus palabras indican su verdadero amor. Si añadimos la pistola al conjunto, nos queda un personaje decidido pero confundido.

Cuando aparece Don Álvaro en la tercera jornada va vestido de militar, de capitán de granaderos del Rey, y este mismo traje será el que lleve también en la jornada cuarta. Indica su alto rango en el ejército y que es un hombre al que todos admiran. También lo veremos herido, en una camilla, aunque no se comenta nada sobre cambios en su aspecto.

Y en la última jornada aparece con su vestimenta de monje franciscano, y es así como se batirá en duelo y perecerá. Ya sabemos que la conversión religiosa ha provocado también cambios en su carácter.

¿Qué le gusta a Don Álvaro? No parece tener aficiones claras como otros personajes que juegan a las cartas o bailan al compás de una rondeña, pero sí sabemos que es torero y ayuda mucho a los demás (según las descripciones de los aldeanos y de los pobres que iban a pedir al convento). También tiene una buena habilidad con la espada (vence en duelo a los dos hermanos de Leonor, a los oficiales que jugaban a las cartas y a malhechores que se comentan en la primera jornada), y parece, por los papeles que lleva en su maleta, que podría realizar algún tipo de escritura creativa (al igual que en su aparición como monje encuentra en rezar y en hacer penitencia su consuelo). Pero, ¿qué es aquello que mueve a Don Álvaro por toda la obra? Pues su amor hacia Leonor. Desde la primera vez que la vio, en una iglesia de Sevilla, el pobre ha estado obsesionado con ella y (gracias a Dios) Leonor le ha correspondido, aunque después las cosas han comenzado a torcerse, por la negativa de su familia y por el hecho de que el destino los quiere separar. ¡Pero Don Álvaro quiere estar con ella! Y luchará todo lo que pueda para conseguirlo.

El protagonista es todo un hombre del Romanticismo: valiente y temerario, fuerte, dispuesto a lo que sea, pero también con un carácter algo melancólico, con aire misterioso (sobre todo en la primera escena en la que aparece) y con una convicción de que los sentimientos son importantes. Tiene que luchar contra sus orígenes, contra el honor que parece regir los actos de los demás y, sobre todo, contra su aciago destino. Es un caballero, pues es generoso y acude a salvar a quienes lo necesitan, y además no soporta tampoco que duden de su origen noble. Su actitud de resignación sobre la vida y sus ganas de morir aparecen tras el día en que perdió a Leonor, y muestran cuán importante era ella para él (y cómo puede poner su mundo en una persona y perderlo cuando ella ya no está). En las últimas escenas como religioso, lo vemos al principio con más fe en Dios y más ganas de resistir su pasado, pero después parece tener una extraña conexión no solo con el sol (por su ascendencia inca) que va a apagarse, sino también con el demonio, al conjurar al infierno.

Una obra romántica. El drama pertenece claramente al periodo del Romanticismo, y eso podemos comprobarlo de muchas maneras:
  • Por la ruptura frente al teatro clásico. Esto es común a todas las obras renacentistas: se omite la regla de las tres unidades, se mezclan el verso y la prosa durante toda la obra, a veces sin razón; muchos versos son libres; la acción se desarrolla hasta en países diferentes y durante espacios de tiempo muy amplios, con grandes saltos temporales entre las escenas...
  • Por el reflejo en la naturaleza de las emociones del autor. Los paisajes son nocturnos, se habla de la luna llena, al final hay una tormenta terrible con rayos y truenos... La naturaleza acompaña al romántico, pues muestra sus pensamientos, sus tumultos internos, o también hace referencia a su lugar en la sociedad, pues nadie sale durante la noche, excepto el romántico.
  • Por la aparición de elementos de evasión. Don Álvaro viene de América, lo cual le proporciona cierta rareza; del mismo modo, el romántico es un extraño al mundo. Los elementos que trae el protagonista consigo son igualmente exóticos, y la acción se realiza también en otros países. Esto permite una evasión: al romántico no le gusta el mundo actual. Igualmente, los objetos y costumbres tradicionales que aparecen por toda la obra pueden ser otra evasión al pasado.
  • Por la crisis existencial y la actitud en la vida. El destino ineludible no solo es el que provoca la tragedia del protagonista, sino que durante toda la obra le va obligando a tomar una visión negativa del mundo. La idea de que la vida es un calabozo y la muerte es una especie de despertar y libertad no es nueva, procede del Barroco. Sin embargo, ahora tiene también sentido, pues esta es la actitud del romántico ante su mundo: al ver que no puede cambiarlo, se ve sumido en una angustia vital. El monólogo más famoso de Don Álvaro es el que refleja todos sus pensamientos acerca de la vida. Más tarde, sabemos que el destino del joven será ir al infierno; la mayoría de los héroes románticos mueren a temprana edad, y el incluir el infierno tal vez provoque una reacción en la sociedad, acostumbrada a los buenos valores cristianos. Esto es lo que les pasa a los románticos: luchar contra lo que les aprisiona puede acarrearles consecuencias negativas, como un castigo eterno en el más allá.
  • Por la visión de la mujer. El Romanticismo ofrece una transición entre la donna angelicata y la mujer fatal del siglo XX. Aunque en otras obras románticas la mujer ha podido salvar al héroe de su condena, en Don Álvaro o la fuerza del sino no ocurre: Leonor no es capaz de salvar a Don Álvaro; de hecho, podríamos asegurar que es la causa de su mal. Sin embargo, ella aparece como un ser de luz la mayor parte de las veces, y sabemos que irá al cielo. Sin embargo, en la primera jornada hay un momento en el que Don Álvaro la compara con una especie de mujer demonio, porque al mismo tiempo que tiene el poder para llevarlo al cielo y hacerlo mejor, también puede romper su corazón si lo rechaza, o incluso jugar maléficamente con él (sin intención, esto es lo que Leonor acabará haciendo).
  • Por la lucha contra los conceptos que rigen el mundo. Los enemigos de Don Álvaro son el padre y los hermanos de Leonor, personajes que tienen un concepto del honor muy elevado; esto les impide perdonar a Don Álvaro e incluirlo en su familia, e incluso (irónicamente) dificulta su reconocimiento por parte de Don Carlos. También se critican otros temas, como la intervención paterna en el matrimonio de las hijas o la celebración de duelos. Esto representa el rechazo del romántico a las convicciones sociales que regían la época.
Escenas costumbristas. Por el tema de la tradición que hemos tratado antes, estas escenas van a ser muy comunes a lo largo de toda la obra. Podríamos decir que hay una en cada jornada.

En la primera jornada tenemos la escena de Triana. Los personajes son muy diversos: habitantes, un majo, la gitana Preciosilla, el Tío Paco, que es aguador, y otros personajes no tan populares pero que se nos presentan como contraste frente a los anteriores, el canónigo y el oficial. La escena permite la introducción del protagonista, su amada y los antagonistas, a la vez que los exalta y convierte a Don Álvaro en un ser muy misterioso. La adición de elementos populares hace la obra mucho más realista y creíble.

En la segunda jornada está el mesón. Aquí solo hay un personaje culto, el estudiante, que dará lugar a divertidos malentendidos con los demás, pero también podemos incluir como más o menos culto al alcalde, debido a su seriedad y su forma de imponer orden. Tenemos muchos más personajes populares: los mesoneros (¡la tía Colasa y su modesto marido!), arrieros (con el Tío Trabuco), lugareños y una moza. Las conversaciones permiten continuar con la acción de la historia, resolviendo el misterio de qué ha pasado tras la jornada anterior e introduciendo a Leonor como viajera que va al convento.

La tercera jornada tiene una escena que podría considerarse costumbrista: la primera. Muestra la vida en el ejército y cómo jugaban a las cartas. Los personajes son Pedraza y cuatro oficiales. Nos indican que hay una nueva incorporación al ejército español en Italia (podría ser Don Álvaro), y en la siguiente escena al fin sabemos que es Don Carlos y los vemos jugar a las cartas. Como analizamos en su momento, esto introduce parte de la personalidad y los principios del joven, algo fundamental para el posterior desarrollo de la trama.

En la jornada cuarta la escena más o menos costumbrista que tenemos es la segunda. Los mismos personajes que en la escena de la jornada anterior, junto a un teniente y un subteniente, son ahora los encargados de narrar la detención de Don Álvaro por el duelo y, algo muy importante, la muerte de Don Carlos.

Y la primera escena de la jornada quinta también es costumbrista: el hermano Melitón dando de comer a los pobres (un viejo, un cojo, un manco y una mujer), vigilado por el padre guardián. La escena permite, por una parte, medio criticar a la iglesia (el hermano hace su trabajo con poco respeto, aunque el padre guardián demuestra ser más bondadoso), y esto podría ser así porque, como hemos visto al principio con el canónigo, esta apoya que los padres elijan el matrimonio de los hijos (y los románticos no están de acuerdo con esto); pero, en segundo lugar, la escena introduce al padre Rafael, que más tarde sabremos que es Don Álvaro (de nuevo lo han puesto por las nubes).

Cervantes, cultivador de la novela realista y, con ella, la picaresca, introduce muchos personajes populares en sus obras. De las obras que hemos leído, comparten escenario (Sevilla), y aunque no hay ningún personaje en la obra de Rivas que sea pícaro, sí que aparecen, por ejemplo, el estudiante y el soldado. Sin embargo, las escenas costumbristas relativas al ejército no aparecen en las obras de Cervantes (sí los viajes militares por el mundo del protagonista). Puede ser que algunos nombres de personajes de la obra de Don Álvaro recuerden a otros que aparecen en las novelas de Cervantes; en cuanto al mundo popular del Quijote, lo veo mucho más obvio, puesto que muchos de los personajes (en la venta, en el pueblo) pueden recordar a los del mesón de Hornachuelos.

Errores de personajes. Algo muy curioso de la obra es que continuamente los personajes están convencidos de que alguien ha muerto cuando en realidad no es así. No sabemos por qué lo hacen, ya que por lógica no hay indicios de ello (vamos a ver, Alvarito, que tú te caigas no significa que tu novia no esté bien), pero el caso es que les aporta una nueva visión del mundo, normalmente negativa, mientras mantienen la creencia, que puede resultar crucial en el resto de la trama.

El primer engañado es el estudiante, que dice barbaridades: primero, que Don Álvaro está en América, y, segundo, que Doña Leonor, aunque parecía que estaba en Córdoba, ha muerto a manos de los criados del marqués (de nuevo no sabemos cómo este muchacho tiene esa información errónea).

Después tenemos a Doña Leonor, que cree que su amado murió la noche de la huida. La tristeza que tenía es la que la hace retirarse al desierto de Hornachuelos, pero las palabras del estudiante han hecho que de nuevo se replantee todo. Si Don Álvaro no ha muerto, ¿entonces la ha abandonado? Solo la fe y su autocontrol impiden que deje a un lado su proyecto de ser ermitaña.

El siguiente es Don Álvaro, que cree (muy fuertemente, además) que Leonor está muerta (esto es lo que le impulsa a ser temerario y creer que su vida es una prisión). Quien se lo desmiente es Don Carlos (que creía además por unos momentos que Leonor estaba también en Italia), cuya información no concuerda con la que traía el estudiante, que se suponía que había estado con él y con Don Alfonso. Don Álvaro se muestra muy feliz, se ve inocente después de tanto tiempo, y esa noticia es la que hace que quiera una amistad definitiva con la familia de Leonor.

Los últimos engaños, que no tienen nada que ver con la muerte, son la ignorancia de Don Álvaro acerca de que Leonor está en una ermita junto al convento (como prueba de por qué no la fue a buscar tras Veletri está el juramento que hace al final de la cuarta jornada, porque el protagonista también tiene honor) y su desconocimiento acerca de la libertad de sus padres. Ambos hechos tienen una repercusión que finalizará con la caída a los infiernos del héroe.

Y ahora yo tengo una pregunta: ¿qué ha pasado al final con Curra? ¿Ha muerto o qué? ¡Rivas no me puede quedar así!

Lugares y paisajes. Hemos dicho que la naturaleza es crucial para el romántico, ya que muestra sus sentimientos. El primer lugar que aparece es Sevilla (como ya hemos dicho, ciudad tradicional española), pero en el barrio de Triana (arrabal, para poder ofrecer una escena costumbrista entre todas las clases de la sociedad). El puente antiguo de las barcas reafirma lo tradicional, y el anochecer es la naturaleza indicando que llega el tiempo del Romanticismo. Para cuando es de noche nos encontramos en el palacio del marqués, en los alrededores de la ciudad, un lujo que contrasta con las escenas anteriores. Elementos como los balcones tienen mucha importancia escénica, y de nuevo está la luna brillando. El hecho de que la acción sea de noche da credibilidad también (nadie lleva a cabo un plan de huida como ese por la mañana o al mediodía).

La jornada segunda es en Hornachuelos. El mesón, con sus elementos tradicionales, de nuevo pone el toque popular, y la amplia descripción de dónde se sitúan los personajes y qué hacen ayuda a aumentar el realismo. En la tercera escena llegamos al convento, en un desierto de precipicios; una imagen casi fantasmagórica con una gran luna y cánticos de fondo, con la cruz grande que ayudará a Leonor con su vocación religiosa. Más adelante se hablará del juego de luces que hace el farol del hermano Melitón, el cual contribuye a que la joven se asuste.

En la tercera jornada nos mudamos a Veletri, en Italia (qué bien sienta poder romper la regla de las tres unidades). Las salas de interior (la de los oficiales jugando a las cartas y la habitación de Don Carlos) permiten, la primera, realizar una escena costumbrista con detalle, y la segunda, disponer de un marco escénico que no entorpezca mucho la acción sin que esta deje de ser creíble; ambas contrastan con las dos escenas de exterior (la selva y el campo de batalla). Cuidado, que en la selva es de noche, perfecto para el monólogo existencial de Don Álvaro. La batalla, sin embargo, es al amanecer y se ve en el fondo el pueblo. Lo más interesante de esa escena será precisamente el hecho de representar una batalla con total credibilidad (o, más bien, de ver la batalla en los diálogos de los personajes). El amanecer da la luz del día que es habitual al combatir, pero sin privarla del punto misterioso y oscuro que ofrece la noche (pues algo malo va a pasar en la batalla).

La cuarta jornada es en el mismo sitio y no se especifica mucho en la primera sala que aparece. En cambio, la descripción al detalle de la plaza de Veletri indica de nuevo que la escena es costumbrista. Cobra importancia un objeto (al igual que la maleta en la jornada anterior): un cartel que está colgado en una esquina. De nuevo, esto da realismo y la sensación de que es algo cotidiano. El resto de escenas son en la habitación de un oficial, donde la decoración tampoco es demasiado importante. El hecho de que estas dos jornadas hayan sido en el mismo sitio y con casi los mismos personajes no quita que el autor se salte un pequeño periodo de tiempo (como cuarenta días).

Y la quinta jornada también sucede donde la segunda: en el convento de Hornachuelos. Podemos ver el interior del claustro (escena costumbrista, amplia descripción) y, más tarde, una celda de monje totalmente realista que ayuda a que entendamos que ahora Don Álvaro es un religioso. Mientras tanto, el tiempo, reflejo de la acción esta vez, va empeorando, hasta el punto que sabemos de mano del hermano Melitón que va a haber tormenta (el padre guardián lo predijo en la jornada segunda), y luego veremos los rayos en la escena final (perfecto para un duelo y para ir al infierno). El valle de las escenas finales es el mismo que la segunda jornada, pero desde otra perspectiva (ahora vemos la ermita de Doña Leonor). El sol que desaparece representa a Don Álvaro.

Pinturas románticas. La obra ha servido de inspiración a muchos artistas, y a la vez hay otros cuyos cuadros nos recuerdan al drama. Pongamos varios ejemplos.


Esta es la Sátira del suicidio romántico. Aunque no lo parezca, es un cuadro de burla, pintado por Leonardo Alenza al óleo en 1839. Critica la afición de los jóvenes de la época por el suicidio, considerado como una expresión de la libertad individual. El cuadro trata de hacer ver estúpidos al personaje en primer plano y a los otros dos (ya muertos) del fondo. Esta escena puede recordar al suicidio final de Don Álvaro (yo, personalmente, me lo imagino más épico; faltan los monjes y los rayos), y es por eso que aparece como portada en algunos libros que contienen la obra.


Este cuadro, pintado por David Roberts en 1833, es La Torre del Oro y en él retrata a Sevilla. Vamos a fijarnos en el primer plano: allí están los pescadores con sus barcas sobre un muelle de madera. Ese es el ambiente social que Rivas quiso describir en las primeras escenas de la obra. El cuadro se encuentra en el Museo del Prado.


La batalla de Castelfullit, a la que también se refieren con el nombre de Muerte del capitán Temprado, es de Víctor Moreli. Aunque es un cuadro algo posterior, lo he elegido porque muestra cómo podrían haber sido las batallas en Italia, en las que Don Álvaro cae herido.


El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Fiedrich, pintado al óleo en 1818, muestra al hombre romántico impresionándose con un espectáculo de la naturaleza. En el fondo, la soledad, el rechazo a la sociedad y el asombro ante el mundo de la obra se corresponden con los de Don Álvaro. También el protagonista se encontraba perdido y encerrado en la vida, del mismo modo que el caminante se entiende un extraño sobre el mar de nubes.


Este cuadro es también muy parecido al anterior; de hecho, el autor es el mismo. El monje frente al mar fue pintado en 1809. La idea de inmensidad y de pesimismo que encontramos en el cuadro se corresponde con el carácter del protagonista de la obra de Rivas. Imaginemos por un momento que el monje es Don Álvaro: ese mar tan inmenso y ese cielo tan inalcanzable representan todos sus tumultos, la imposibilidad de escapar del sino, la soledad que, en el fondo, mantiene durante toda la obra, y el hecho de que es solo una marioneta en manos de la fortuna.

Como vemos, la obra puede inspirar a muchas personas. El mensaje que cuenta también lo podemos aplicar a nuestra vida (el positivo, claro está): ¡vamos a luchar con todas nuestras fuerzas contra aquello que nos impide realizar nuestros sueños! ¡Vamos a maravillarnos del mundo y de las personas! Y aunque sea el destino el que siempre gane, nadie podrá decir que no lo hemos intentado, que hemos perdido del todo la libertad, porque tal vez no sea nuestra la estrella, pero siempre, siempre, tendremos la cuerda.

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