Reflexión sobre las Novelas Ejemplares
La Literatura sigue su evolución. De los poemas épicos y los cantares, como el del rey Arturo, nacen romances y poemas caballerescos. La novela de Bruto (Roman de Brut) recoge todas estas historias sobre las aventuras del personaje y las aúna para formar la que será la primera novela del mundo. Ese mismo género es cultivado durante el siglo XV, y ahora el prestigioso Miguel de Cervantes lo utiliza para crear sus Novelas Ejemplares.
Pero vayamos por partes. Durante el Prerrenacimiento español surgieron varios tipos de novelas. Por un lado, están las novelas sentimentales, basadas en el ideal medieval del amor cortés, pero de una manera exagerada. Se trata de historias casi sin acción, en las que lo importante es el estado emocional y psicológico de cada personaje. El amor entre los protagonistas casi siempre no es correspondido, y ello hace que desemboque en un trágico final. La novela sentimental más conocida es Cárcel de amor, de Diego de San Pedro.
Por otro lado, la novela de caballerías fue todo un éxito en la misma época. Se trata de la típica imagen de un caballero andante, con su armadura, su escudo, su espada y su caballo, que recorre el mundo buscando aventuras. Batalla contra monstruos y dragones, se enfrenta a seres mitológicos y fabulosos... El tiempo es legendario; el lugar, imaginario. Se hace alusión a grandes reinos, en los que viven hermosas princesas que el caballero debe rescatar, probando así sus virtudes y sus cualidades. De nuevo encontramos los ideales del amor cortés. El ejemplo más famoso es Amadís de Gaula, de Garci Rodríguez de Montalvo.
Sin embargo, en el siglo XVI el Renacimiento ya está presente en España, y con él el humanismo y la razón, la cual llega a criticar ampliamente los géneros anteriores. Una obra debe entretener pero también instruir, algo que claramente no cumplen las novelas de caballerías. Y, por otra parte, la novela sentimental presenta el pecado de la ginecolatría, al permitir que los amantes adoren a la mujer como lo harían con Dios.
Cervantes, como buen autor del Siglo de Oro, presenta una crítica (sobre todo ante las novelas de caballería) en su obra más conocida, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Así, Don Quijote se vuelve loco de tanto leer, y el cura y el barbero de su pueblo le queman todos sus libros. Entre ellos se encuentra, precisamente, Amadís de Gaula.
Antes de su obra cumbre, Cervantes también escribió La Galatea, una novela pastoril, y otras doce novelas que pasan a ser las Novelas Ejemplares. Se basan en la literatura italiana y son un buen ejemplo de cómo era la novela en el siglo XVI, ya que presentan dos de los tipos más habituales de dicha época: la novela realista, que muestra exactamente las ciudades tal y como las veía Cervantes (un ejemplo es Rinconete y Cortadillo) y la novela idealista, más alejada de la realidad (como La española inglesa).
Rinconete y Cortadillo podría ser además una novela picaresca: narra la historia de dos muchachos, Pedro del Rincón y Diego Cortado, que se conocen en una venta tras haberse escapado de sus respectivos hogares y van ganándose la vida mediante pequeños hurtos, partidas de cartas... Dos pícaros, vaya. Y aunque son pequeños delincuentes, en el libro aparecen desde el principio como protagonistas, causando que el lector se encariñe con ellos y sufra cada vez que aparece la posibilidad de que atrapen a los niños.
Rinconete y Cortadillo, tras ganar un par de partidas de cartas con los trucos que han aprendido, viajan a Sevilla (y de paso saquean el carro que los trae), y una vez allí tienen que valérselas ellos solos en una ciudad que no conocen. Logran encontrar un trabajo estable, pero se les presenta la oportunidad de robar y lo hacen, concretamente a un soldado y a un estudiante de sacristán, que representan distintos estamentos de la sociedad y hacen una crítica al amor sentimental (puesto que el soldado está enamorado) y a la tendencia de estos grupos sociales a creerse mejores que el resto.
El caso es que Rinconete y Cortadillo les roban, y por hacerlo acaban comprometidos a ir a visitar al jefe del gremio de ladrones que controla esa parte de Sevilla, un tal Monipodio. Este es un personaje que trata de ser respetable, pero en el fondo lleva la mala vida de todos los delincuentes. A su cuartel acaban yendo gente de diversas edades, algunos que no se sospecha de ellos ser ladrones, también jóvenes fuertes y prostitutas. Las escenas en la casa de Monipodio dan de qué pensar, ya que en ellas se avista qué es lo que se cuece exactamente en la supuesta Cofradía de Ladrones: problemas internos, violencia de género, trabajos mal realizados, miedo a la autoridad, ansia del dinero y, curiosamente, una enorme fe en Dios. Rinconete y Cortadillo acaban metidos de lleno en el gremio y medio obligados a formar parte de él, aunque casi ni intervienen en toda la escena, ocupados mirando al resto de personajes con los que Cervantes muestra cómo se vivía en aquella parte de la sociedad. Y, cuando al fin Monipodio les permite marcharse, resulta que Rinconete y Cortadillo se ríen de lo vivido allí, porque aún así les parecen unos ladrones bastante cutres.
Cervantes, como es habitual en él, da a cada personaje su forma de hablar correspondiente. Aparte del español antiguo en el que está escrita toda la obra, los personajes de Sevilla hablan el dialecto sevillano, y además Monipodio utiliza barbarismos y términos mal dichos que luego no se corresponden con el contexto. Todo esto es lo que hace que Rinconete se ría, y también impide una lectura ágil del texto.
Pero en el fondo lo que quiere el autor es, en primer lugar, exponer al lector lo que ocurre en Sevilla (y en otras ciudades) con la gente marginada de la sociedad y con los ladrones (lo consigue con las abundantes descripciones, con los diferentes dialectos...) y, en segundo lugar y más importante, lograr que el receptor se ponga en la piel de los personajes y se pregunte qué haría en esas ocasiones. Cervantes no está criticando a los ladrones, está invitando a la sociedad de la época a que muestre empatía y a que se de cuenta de que los causantes de todos esos problemas son ellos mismos. Es una llamada a la solidaridad, a abrir los ojos y a tratar de solucionar la mala vida que llevan unos muchos gracias a que los demás están abusando. Esta idea, ya interesante para la época, aún sigue vigente en la actualidad. Hay muchos Rinconetes y Cortadillos todavía. Nosotros decidimos si siguen ahí o si se convierten en algo más digno.
Y La española inglesa se puede comparar con una novela bizantina, en la que el final feliz solo es posible gracias al amor de los protagonistas y al azar.
Comienza en Cádiz, cuando Clotaldo hace prisionera a la pequeña Isabel (Isabela en Inglaterra) y la lleva a Londres para criarla junto a su hijo Ricaredo. Es muy curioso (me encanta cómo Cervantes prepara las cosas para que ocurra lo que le conviene) que, casualmente, dicha familia es católica, como Isabela; así ella no tiene que cambiar su religión. La niña crece y se convierte en una joven, y Ricaredo se siente muy atraído por ella y se acaba enamorando. Se lo comunica a ella y también a sus padres, y todo les parece bien porque muestra los típicos síntomas de estar, efectivamente, enamorado.
Pero la cosa se complica cuando, una vez que estaban preparando la boda, la Reina quiere ver a Isabela. Y en la visita no solo no descubre que es católica (gracias, Cervantes), sino que también manda a Ricaredo a dirigir un navío para traerle riquezas y que así sea digno de desposar a una mujer tan bella y virtuosa como es Isabela, que de momento se queda en la corte. Así que el joven parte (muy enamorado) y durante el camino se muere su superior (vaya, qué pena) y a él se le permite ser el verdadero capitán de las dos naves que tenían. Otro golpe de suerte, porque así puede derrotar a unos turcos que se encuentran en su camino y no tiene por qué matar a los católicos que se eran los prisioneros de estos musulmanes. Además, y es algo que aparece mucho en el relato, los personajes saben decir lo que tienen que decir en el momento justo, y es eso lo que le permite a Ricaredo que su tripulación le permita hacer lo que quiere.
Por otra vuelta del destino, entre los cristianos con los que habían coincidido se encuentran los verdaderos padres de Isabela, que (en vez de irse a España con los demás cristianos que, por obra de Ricaredo, son libres) le piden al capitán visitar Inglaterra para encontrar a su hija. Así, Ricaredo vuelve con gloria y riqueza (han conseguido una nave repleta de los tesoros de las Indias), y la Reina se muestra muy contenta y le permite la boda con Isabela (pero hay que esperar un par de días). Entretanto, la muchacha conoce a sus verdaderos padres (otro milagro).
Cervantes de nuevo saca de la nada más impedimentos para la pareja. Y es que el conde Arnesto, enamorado de Isabela, reta a Ricaredo y por ello es arrestado y más tarde desterrado. Su madre, desconsolada, decide envenenar a la persona que había causado tanto mal en su hijo (esto es, Isabela). Y ello hace que, de nuevo, se tenga que cancelar la boda e Isabela pierda toda su belleza (efectos del veneno) y acabe (Cervantes lo dice sin reparos) fea. Así, en parte, se disipa la atención de la Reina e Isabela queda en su casa.
Clotaldo y su señora creen que, si le traen a su hijo a otra mujer bella, la escocesa Clisterna, perderá su interés por Isabela. Pero no es así, ya que Ricaredo parece estar enamorado con el alma y las virtudes de la muchacha (de nuevo el amor cortés). Los amantes hacen sus votos. Ricaredo dice públicamente que acepta el compromiso con Clisterna pero que antes viajará a Roma en un intento de fortalecer su fe. Es una excusa, obviamente, porque a Isabela la van a llevar a España y quiere encontrarse con ella.
Todo se precipita. La española vuelve a su patria con sus padres, a Cádiz y luego a Sevilla, y recibe dinero de parte de sus padres adoptivos y la reina (las notas de Cervantes sobre las letras de cambio son muy apreciadas por los estudiosos). Allí, espera durante dos años (el tiempo que le prometió Ricaredo) a que su amante aparezca, y recupera su antigua belleza (qué raro). Isabela mantiene correspondencia con sus padres ingleses, y ellos le cuentan con tristeza que el joven ha muerto. Isabela, afligida, decide que entrará en un convento.
Pero, vaya, justo cuando está ya ahí el obispo y va a adquirir el hábito de monja, qué casualidad (esto es inaudito), aparece Ricaredo. ¿Cómo, si estaba muerto? Pues en su viaje a Roma se había topado con Arnesto, que quería vengarse y le había disparado. El criado de Ricaredo, asustado y dándolo por muerto, había huido y regresado a Inglaterra. Pero el joven seguía vivo y, en su vuelta a España, había sido hecho prisionero y rescatado por los monjes mercedarios. Toda una odisea.
En el fondo, lo realmente importante de todo esto es cómo Ricaredo e Isabela, pese a las adversidades, logran que su amor triunfe y pueden, al fin, casarse y vivir juntos después de todo lo que han tenido que pasar.
Ya queda clara la importancia del destino y del azar en esta obra. Perdón por los comentarios sarcásticos, es que simplemente es demasiado inverosímil (con razón se llama novela idealista). El amor también mueve a los personajes, aunque son más bien planos, no evolucionan. Isabela es envenenada, pero su fealdad se transforma de nuevo en belleza, y bien lo aclara Cervantes. Es un personaje con un estado permanente. Ricaredo obtiene la gloria y después la pierde (al principio podía tomar prisioneros; después, es él quien es apresado), pero su amor por la muchacha sigue exactamente igual. Y el resto de personajes secundarios, lo mismo. Lo importante no son las personas, lo importante es lo que cuentan.
Isabela en ningún momento hace algo (que no se me malinterprete). Parece como que todo el peso de que estén juntos se encuentra en Ricaredo, que es quien debe superar las pruebas de la reina y tratar de viajar a España. Está claro que Isabela es fuerte (como virtuosa), pero no se nos manifiesta. Imagino que lo que quería Cervantes es poner por las flores a los españoles (ella es la única que permanece perfecta durante toda la obra, incluso cuando es envenenada). En fin, quizás la novela escrita hoy en día sería diferente. Los personajes no son tan palpables como Rinconete y Cortadillo, aunque uno puede sentirse identificado en algunos momentos.
La historia es curiosa y más entendible que la otra, y personalmente me ha gustado más. ¿Su objetivo? Bueno, mostrarnos que siempre ocurren cosas que pueden cambiar nuestro futuro. El azar hace que no tengamos claro lo que va a pasar, pero con el amor y la esperanza (y la fe) podemos reconducir un poco nuestra vida.
He aprendido que en escribir todo esto te puedes tirar toda la tarde. Y también he aprendido a mirar la intención del autor en las obras, y cómo una novela (por muy antigua que parezca) siempre está escrita para ti, en el momento en que la estés leyendo.
Argumento: Ana es una joven huérfana que ha sido criada en un convento. Su vida transcurre con aparente normalidad; tiene todas sus necesidades cubiertas, es buena cristiana y, como no la dejan salir, no sabe lo que es la realidad.
Una noche lluviosa, una vieja llamada Jacinta entra en el convento para rezar y se queda dormida en uno de los bancos de la capilla. Cuando despierta, dice que ha tenido un sueño en el que Dios le ha revelado que el futuro del país depende de una mujer. Las monjas no la creen y tratan de echarla, pero la vieja se encuentra con Ana antes de salir, tiene una corazonada y habla con ella. En este primer momento tenemos la inocencia (una niña soñadora) que contrasta con la experiencia y el realismo de Jacinta (una vieja que se gana la vida en la calle, haciendo mil oficios). Obviamente, esta última consigue, con palabras curiosas que le llaman la atención, que la joven se vaya con ella a las calles de Madrid.
En la siguiente escena hacemos un recorrido por estas, conociendo a quienes allí viven (pequeños comerciantes, pero también vagabundos, mendigos y delincuentes). Jacinta se los muestra a la joven (la cual se muestra sorprendida por la miseria de algunos) y después la lleva a su casa. El personaje de la vieja representa la situación de España: ella empieza a hablarnos de su vida, y resulta que cuando era joven había sido una de las mujeres más bellas de Madrid, retratada por pintores y amada por todos. En aquella época, el reino estaba en su apogeo: llegaban noticias de todas partes del mundo y la ciudad crecía próspera. Pero las cosas se habían ido torciendo, y la vejez había extendido su garra sobre Madrid. Jacinta había notado cómo su cuerpo empezaba a marchitarse, y con él el reino: las guerras ya no se ganaban, sino que se perdían. Llegaban enfermedades, y con ellas más personas que tenían que vivir malamente en las calles. En un suspiro, todo lo que ella tenía se había esfumado, y ahora debía ganarse la vida como podía.
Jacinta enseña a Ana a hacer su oficio. La chica, que es muy cristiana, en un principio se niega, pero después de haber conocido lo que ocurre en las calles se pregunta por qué nadie ayuda a la gente; y, sobre todo, por qué en el convento le ocultaban la realidad. Ana aprende junto a la vieja a desenvolverse por las calles, y está triste por todo lo que tiene que ver.
Pero las cosas cambian. Una noche, la Guardia Real entra en la vieja casa de Jacinta para llevarse a Ana mientras está dormida. La vieja intenta impedirlo, pero en su lucha contra ellos uno de los guardias la golpea y la tira al suelo. Estos escapan con la joven, y Jacinta muere sola. Sus últimas palabras son para España. Vemos como la Muerte aparece para llevársela y dice que se cumplirá el sueño que tuvo.
Cuando Ana despierta, se encuentra en Palacio. Los sirvientes le informan de dónde está y ella cree que no puede ser verdad. Entonces aparecen varios personajes: una de las damas de la corte más importantes, que se llama Margarita, junto con un joven duque, Enrique. Margarita dice que es la madre de Ana, aunque ella no era hija de su marido, Alonso, sino de otro hombre, así que por temor a lo que pudieran hacerle la había confiado al convento. Como las monjas le habían avisado de su desaparición, ella había mandado a la Guardia Real a buscarla a escondidas. Pero, claro, su marido sigue por allí, así que Margarita dice que Ana debe vestirse de hombre si no quiere que la descubra y la mate. Para ello, le ofrece un puesto como paje al lado de su hijo legítimo, el duque Enrique.
Ana acepta (¿qué otra cosa puede hacer?), pero le parece estar soñando de nuevo. La vida en Palacio nada tiene que ver con la de las calles de Madrid. Aquí la gente es de otra manera, habla sin prisa y se cree importante, disfruta, se lo pasa bien y derrocha el dinero que tanta falta hacía a muchos ahí fuera. El duque Enrique es uno de esos nobles ociosos que vive una vida de diversión. En su jornada se incluye la caza, la equitación, pasear y acudir a las fiestas de la nobleza. Ana, disfrazada de paje a su lado, encuentra esto como una pesadilla aún peor que la que vio en las calles.
En su vida en palacio, la joven se encuentra con varios artistas, como el pintor de la corte. Además también observa cómo se comportan las damas y tiene la oportunidad de ver de cerca a los Reyes. Mientras tanto, Enrique se ha fijado en ella con interés. Aunque ha tenido aventuras con varias damas de la corte, según le cuentan a Ana otros pajes, esta vez parece realmente deslumbrado con ella. Una noche, Enrique la lleva a un balcón y le pide matrimonio. Le promete a la chica que podrá dejar de fingir ser un hombre y que se irán a unos terrenos que el duque tiene para formar una familia. Le promete una vida feliz y libre de preocupaciones.
Aunque ha pasado poco tiempo en Palacio, parece que Ana ha vuelto a dormirse. En este momento, no recuerda casi nada de sus incursiones en las calles de Madrid con la vieja Jacinta, y la propuesta de Enrique (que en el fondo es su medio hermano) realmente le tienta.
Pero justo entonces, y un poco de forma paródica, el joven duque es atacado por uno de los perros de la corte (hay que imaginarse al actor vestido de perro) y se despeña por el balcón. Ana grita y corre a ayudarlo, pero cuando llega abajo el joven ya está muerto.
Entonces aparece la Muerte de nuevo. Ana le dice que se vaya, que no piensa que Enrique muera. La Muerte se muestra sorprendida porque nunca nadie antes la había visto, pero enseguida sonríe y le propone un trato. Si Ana le deja llevarse a Enrique, convertirá a Madrid en la ciudad más próspera del mundo. Pero si no se lo permite y quiere que el duque viva, entonces España continuará en decadencia, y cuando se recupere no podrá alcanzar jamás ni la mitad de su gloria pasada.
Por un segundo, Ana recuerda las palabras de Jacinta y los rostros de los pobres desgraciados que se mueren de hambre en la misma ciudad, pero ella no lo duda. Quiere salvar a Enrique.
Al instante, el joven duque respira de nuevo, pero la Muerte ha desaparecido y una extraña sombra se cierne sobre el Palacio. Ana no puede creer lo que ha hecho: ¡pero si ni siquiera ama a Enrique! Y ha decidido un mal futuro para su país.
La joven no puede soportarlo, y empieza a correr. Ni siquiera las palabras de Enrique pueden detenerla. Ella se dirige a toda prisa a los aposentos del marido de su madre Margarita, el gran duque Alonso, y le cuenta que es hija ilegítima de su esposa. Alonso se enfada (una mujer vestida de paje acaba de entrar en su dormitorio diciendo tonterías), y vemos a la Muerte detrás de él, sonriendo. Al final, el gran duque Alonso mata a Ana, y lo último que oímos es cómo ella dice:
Moraleja: ¡DESPIERTA! No seas como Ana. Hay mucha gente intentando que te des cuenta de la realidad, y puedes ayudar mucho mejor a los que te rodean si estás despierto.
Humanos y criaturas: una mirada al Renacimiento
Llamamos Renacimiento al movimiento cultural, surgido en Italia, que se extendió por Europa en los siglos XV y XVI, aunque empezó a desarrollarse en el siglo XIV. Su importancia histórica recae en que provocó la transición entre la Edad Media y la Edad Moderna.
El movimiento intelectual que acompañó al Renacimiento fue el Humanismo. Surgió, como ya hemos visto, en Italia, debido al desarrollo de una nueva clase social, la burguesía. Con ella, se reactivó el comercio, y ahora el ser humano no necesitaba ser noble para vivir con menos preocupaciones, solo debía trabajar y ganar poder adquisitivo. De esta forma, era el propio hombre el que podía forjarse su destino. Esto desembocó en un interés por el ser humano, por investigar todos sus ámbitos, y por considerar la razón humana como la gran herramienta del hombre para cambiar el mundo. Sin embargo, la religión no quedó de lado, solamente fue vista desde otra perspectiva: el hombre es el centro del Universo (Antropocentrismo), pero ha sido puesto ahí por gracia de Dios.
Renacimiento significa "volver a nacer", ya que en esta época se retornó a la cultura clásica: se recuperaron los clásicos griegos y latinos (con ellos, sus filósofos, como Platón), y esto hizo que sus ideas fueran aplicadas en este periodo: la belleza, el equilibrio, la armonía, la proporción, la pureza... El arte renacentista refleja todo ello.
La gran importancia del Renacimiento (y de la nueva mentalidad, el Humanismo) fue el papel fundamental que se le concedió al ser humano. En primer lugar, ahora nuestro destino no es algo que está sujeto a Dios, sino que lo creamos nosotros con nuestros actos. Así, se ven los pecados y las desgracias de otra manera, con una mentalidad mucho más optimista que la medieval, ya que pueden remediarse. El conceder importancia al hombre hizo además que se desarrollaran mucho más las ideas, claves para cambiar el mundo, incidiendo en la cultura, las artes y también las ciencias, por la investigación de la naturaleza y el propio ser humano, y por el afán de descubrir. Ello hizo que el Renacimiento trajera nuevas invenciones: la imprenta, la brújula, el telescopio...
Vamos a analizar la obra La creación de Adán, de Miguel Ángel Buonarroti, que se encuentra en uno de los frescos del techo de la Capilla Sixtna, para identificar algunos de los rasgos renacentistas y humanistas.
Las escenas religiosas, muy comunes en la Edad Media, siguen presentes en el Renacimiento, aunque ahora están vistas desde otra perspectiva. En primer lugar, el ser humano adquiere mayor importancia. Podemos ver cómo Dios le da la vida, y también cómo el propio hombre quiere acercarse a él. La anatomía de las personas está muy trabajada, y no tiene nada que ver con las representaciones medievales. Ahora se ve el hombre tal y como es, de manera mucho más realista. Se nota el dominio del volumen y de la figura humana que tenía Miguel Ángel. Los artistas ahora eran mucho más valorados (así nació el mecenazgo), precisamente porque tenían herramientas para transmitir ideales y conocimientos a través de su arte. En este caso, lo que nos muestra el fresco es la importancia universal que tienen tanto Dios como el hombre, hecho a su imagen y semejanza. Además, algunos estudiosos del arte creen ver cómo la figura de Dios, con su manto rojo, se asemeja a un cerebro humano, lo cual indicaría que con la razón podemos llegar a Él; y, también, que Él es la razón.
Y ahora, centrándonos más en la literatura, vamos a observar qué rasgos del Neoplatonismo (la filosofía redescubierta de Platón) podemos encontrar en el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz.
Sabemos que la filosofía platónica se basaba en el Mundo Material (aquello que podemos experimentar, el entorno que nos rodea, donde las cosas son finitas e imperfectas) y el Mundo de las Ideas (en el que habitan nuestras ideas perfectas de las cosas, que son infinitas y eternas). Esto lo podemos trasladar al poema. La esposa (el alma) y todas las criaturas pertenecen al Mundo Material. El esposo (Dios) pertenece al mundo intangible, el de las Ideas. La naturaleza de la esposa (pues es un alma) es querer llegar a ese mundo perfecto; por ello anda buscando el camino que la reunirá con el esposo.
Las criaturas, según indica el texto, han sido creadas por el amado (muy fácilmente, además; y, por supuesto, las ha dotado de gran belleza), y tratan de guiar a la esposa. Esto es un ejemplo de cómo la Creación puede mostrarnos a Dios. La mentalidad renacentista es así: Dios está detrás de las cosas y las personas, por lo que esas cosas y personas adquieren cierta importancia. Pero el que tiene que dar el paso para querer seguir a Dios eres tú (aunque los demás te muestren donde está, pues participan en tu idea de Creador), y tienes que usar tu razón para cumplir los designios de tu alma: ¡reunirte con Dios!
El poema es toda una apelación a la fe. San Juan de la Cruz ha experimentado místicamente qué es lo que busca el ser humano, y ahora trata de transmitirlo a todo el mundo como un poema. El arte renacentista enseña, nos forma. Es por eso que aún puede ayudarnos el día de hoy.
He aprendido que hacer un mismo ejercicio dos veces puede provocar que pienses dos cosas totalmente diferentes (en el Conservatorio estamos dando lo mismo). Y también he descubierto que, después de dos años sin leerlos, me siguen gustando mucho los místicos (solo que hasta ahora no los había relacionado con Platón).
En busca de lo esencial
Beatus ille es otro de los tópicos literarios; pero, al igual que Carpe Diem, es más bien una receta para vivir bien y descubrir la felicidad. Por ello, es frecuente que los autores lo utilicen a menudo y traten de enseñarnos quién realmente es feliz.
A continuación, veremos unos fragmentos de la Oda a la vida retirada de Fray Luis de León, un poema en el que aparece de forma muy clara el tópico:
¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!
...
Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero
...
Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.
...
A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla,
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.
A primera vista, parece el típico cuento de El ratón de campo y el ratón de ciudad de siempre. Es común pensar que la vida en el campo, con la naturaleza, es mucho más sencilla pero a la vez más feliz y completa que la vida en una ciudad, con el ruido, las prisas, los trabajos... Pero, en el fondo, Fray Luis de León y su tópico no nos están obligando a todos a mudarnos al campo, sino a encontrar lo que verdaderamente nos llena en la vida; es decir, a buscar lo esencial.
Y, por ello, vamos a interpretar el poema desde el punto de vista del presente (la primavera del 2020), donde estamos viviendo una pandemia y nos vemos obligados a quedarnos en casa, sin apenas salir a la calle excepto para lo estrictamente necesario. ¿Quién parece ser ahora el Beatus Ille? Con el confinamiento, no hay nadie que esté contento, ¿o sí?
Desde luego, aquellos que tenían puesta su atención en las procesiones de Semana Santa, los botellones y las discotecas, no. Tampoco los que querían trabajar mucho para poder dormir hasta tarde en las vacaciones (que duerman hasta tarde ahora). Quizá los acostumbrados a vivir en esta situación (algunos artistas y personas que ya teletrabajaban de antes), porque parece que siguen con el primer verso de la oda: huyen del ruido. Pero en tiempos de cuarentena se puede estar en silencio y a la vez sentirse infeliz.
No, el primer verso lo que indica es que hay que dejar de lado nuestra vida normal, y tenemos que pararnos a pensar en qué nos puede hacer felices. Tenemos que dejar las prisas (¡incluso en cuarentena hay prisas!), dejar de hacer lo que quiere la mayoría, lo que nos dicen que hay que hacer para ser feliz, y buscar lo que verdaderamente nos llena. En este confinamiento no nos hace felices cumplir con los horarios de entrega de tareas, asistir a clases digitales o agobiarnos por el día de mañana, sino pasar tiempo con nuestra familia (aunque sea por videollamada), hacer cosas juntos, leer y descubrir, plasmar nuestros pensamientos en una hoja de papel... Sí que es cierto que tenemos que cumplir nuestros deberes (al menos de momento), pero Fray Luis de León nos invita a buscar una senda escondida que nos permita seguir haciendo lo que tenemos que hacer pero que al mismo tiempo nos llene. Esta puede ser algo tan simple como un cambio en nuestra actitud...
El segundo verso que he seleccionado de la Oda indica precisamente esa nueva forma de ver las cosas, en la que nadie debería influir en nosotros para nuestro mal. Así, la cuarentena tiene de bueno que dejamos de ver a aquellos que solo se dejan llevar por las tendencias, por el dinero, por lo que a nosotros nos sobra, y podemos pasar a juzgar si verdaderamente queremos ser como ellos o si, por el contrario, vamos a buscar qué es lo que nos hace felices a nosotros.
Esto, lo esencial, es lo que el Beatus Ille nos aconseja que encontremos. Y ¿qué mejor para hacerlo que esta cuarentena? El tercer verso no habla de estar en el campo en soledad, sino de saber encontrar un momento para parar, para estar con nosotros mismos y pensar en lo que estamos haciendo, libres por un instante de problemas y preocupaciones. El confinamiento puede abrir un diálogo con nuestra felicidad.
Y tal vez nos demos cuenta de que muchas de las cosas que poseemos y creímos que en su momento alegrarían nuestra vida pueden ser totalmente inútiles, y ahora las cambiaríamos por algo mucho más sencillo (un libro, tal vez). Pero, sin embargo, ahora aumenta nuestro aprecio hacia lo básico, lo que antes se relegaba a un segundo plano por tener cosas nuevas. Por eso, el último verso que he escogido trata sobre lo esencial; no referido solo a objetos, sino también aplicable al resto de ámbitos de la vida. Se trata de desprendernos de lo que nos sobra, de lo que no nos hace felices: aquel compañero que era un pesado y ahora que no está es un respiro, esa presión de tener que entregar las tareas en una fecha... Es una época para replantearlo todo.
Nos hemos dado cuenta de lo que verdaderamente importa: la salud, la familia, los amigos, sentirnos acompañados... Todo ello es lo único que ahora y siempre nos va a hacer felices. Como Antoine de Saint-Exupéry afirma en su obra El Principito: "lo esencial es invisible a los ojos". Dejemos que la cuarentena nos permita cerrar los ojos para poder verlo.
Una época con mucho que enseñar
El Renacimiento es, como su nombre indica, la etapa que proporciona un nuevo amanecer a la Historia. Hemos visto cómo los burgueses, gracias a su trabajo y al dinero que ganaban, iban adquiriendo poder y descubriendo que el ser humano era el único que podía forjarse su futuro. Así, surgió el Humanismo, un nuevo interés por el hombre en todos sus aspectos (no solo aquello que le hace bueno) que desembocó en el redescubrimiento de la cultura clásica y el regreso de todas sus ideas y valores, incluyendo el arte y la filosofía. El mundo ya no era tan pesimista como en la Edad Media.
También apareció el Antropocentrismo: el Hombre es el centro del Universo, pero sin dejar de lado a Dios, pues es Él quien nos ha puesto allí, y el alma humana aspira a reencontrarse con Él de nuevo. La razón es una buena herramienta para llegar a Dios.
En cuanto a la literatura es, como todo el arte, una forma de transmitir ideas y conceptos, para que los demás puedan aprender. Lo primero que hemos visto ha sido, con las novelas de Cervantes (pastoriles, realistas o idealistas...), esa necesidad de entretener e ilustrar a la vez.
Italia, cuna del Renacimiento, ejerce su influencia en la lírica española, aunque en nuestro país surgen nuevos tipos de poesía, como la mística (hemos visto la forma en que la unen con el Neoplatonismo: Dios, el amado, perteneciente al Mundo Ideal, se manifiesta en el Mundo Real por medio de las criaturas para que la amada, el alma humana, pueda llegar hacia él). Y lo último que hemos visto ha sido la Oda a la vida retirada de Fray Luis de León, la cual, en tiempos de cuarentena, puede hacernos llegar el Beatus Ille a cada una de nuestras casas para que reflexionemos sobre ello.
Y es que, en el fondo, eso es lo importante del Renacimiento. No solo se trata de entender su importancia a nivel histórico (que es considerable, puesto que puso el mundo en nuestras manos), sino que también debemos intentar entender su mensaje, que es universal y, sobre todo, atemporal.
Los seres humanos tenemos los mismos problemas, era tras era. En el fondo, lo que realmente importa sigue ahí, y nosotros aún queremos encontrar la felicidad y vivir plenamente. El Renacimiento, con su literatura plagada de enseñanzas, puede hacernos reflexionar y plantearnos nuestros problemas del siglo XXI. La donna angelicata de Dante puede que no sea nuestro objetivo en la vida, pero ¿no tenemos todos un amigo que nos hace ser mejores de lo que somos? Y parece que Rinconete y Cortadillo están demasiado ocupados en su propia historia, pero ¿no pueden abrirnos los ojos a los verdaderos Rinconetes y Cortadillos del siglo XXI?
La literatura logra siempre despertar sentimientos y encender ideas, da igual la época o el lugar. Tratemos de que el mensaje del Renacimiento no pase desapercibido en nosotros, pues quizá sea el único camino que nos lleve a lo que estamos buscando de verdad...
El Barroco es un movimiento cultural y artístico que aproximadamente se desarrolla durante el siglo XVII, principalmente en España e Italia.
En el caso del Barroco español, las causas son fundamentalmente las diferentes crisis que estaba sufriendo el país: política, con el reinado de los Austrias menores y su cesión del gobierno del reino a los validos, además de la corrupción de los nobles y adinerados, que vivían ciegos al pueblo; económica, debido a la pérdida de la hegemonía europea y al empobrecimiento del Estado, junto con la miseria y la pobreza que amenazaban al pueblo; y demográfica, por la cantidad de conflictos (como la Guerra de los Treinta Años o la de Sucesión) y las enfermedades que mermaban la población, a la vez que los campesinos se mudaban a las ciudades y crecía allí la delincuencia.
Todo esto influyó en el arte. Pero aunque parezca que las ideas del Barroco no tienen nada que ver con el Renacimiento, en realidad se trata de una evolución de estas, adaptadas a los tiempos y a la mentalidad de la época. Por ejemplo, el humanismo renacentista y el afán por el ser humano se transforman. ¿No viven una época de conflictos? ¿No era España en el pasado más grande de lo que es ahora? Si da igual lo que hagas, vas a morir de todas maneras. ¿Por qué creías que la humanidad era tan importante si ahora estás viendo cómo está siendo mermada? El Barroco sustituye la concepción renacentista por una desvalorización de la vida. El mundo es más pesimista: da igual lo que hagas. Existe un fin.
Por tanto, ahora ya no parecen servir de mucho los textos griegos y romanos, con su filosofía y sus ideales y normas. La belleza, la armonía, la proporción, el equilibrio y la pureza se transforman de nuevo. Ahora el arte debe mostrar lo que ocurre en el momento y tratar de despertarnos (luego volveremos a ello). Para esto, se exagera todo mucho más: aparecen los claroscuros, el contraste entre las formas... No es una ruptura con el Renacimiento. Siguen ahí los mitos griegos y la anatomía humana, solo que ahora acompañados de dinamismo, dramatismo y expresión. Continúan la perspectiva y las reglas matemáticas para construir, pero ahora no se va a tratar de frontones y columnas, sino que van a añadir líneas curvas, detalles y nuevas formas que convierten el arte renacentista en algo mucho más grotesco pero también más expresivo.
El mundo ha cambiado. La visión de él es mucho más negativa: hay caos y desorden, todo es confuso y está marcado por la sombra de la muerte. Eso frustra a las personas, sobre todo cuando descubren la fugacidad del tiempo y que la apariencia de las cosas oculta su realidad. Es entonces cuando aparece el desengaño. Vivías dormido, como en un sueño. Pero ese sueño se ha convertido en una pesadilla cuando al fin has abierto los ojos y has podido ver. La vida, que creías que era un mar infinito, es solo un río que se dirige lentamente hacia la muerte. Los seres humanos sois simples sombras, marionetas movidas en un teatro el cual no podéis controlar ni llegar a entender. Horrorizado, te giras y tratas de despertar al resto de personas, e intentas contarles lo que acabas de ver. Pero no puedes: están dormidos... O distraídos.
Entonces, te paras a pensar. Tal vez sean ellos los inteligentes. Es mejor vivir soñando, con los ojos cerrados, que sufrir toda tu corta vida por lo que has visto. En el fondo, puedes tratar de evadirte, de olvidar, de dejarte caer en los sueños y las ilusiones, y probablemente te sientas mucho mejor. Y así, descubres que hay otros que han pasado por lo mismo que tú y ahora están haciendo arte. Arte para cultos, para inteligentes, para los que han sabido despertar.
Y es que es así: el arte Barroco trata de abrirte los ojos, de sorprenderte mediante cosas nuevas u originales, de utilizar los contrastes (o es hermoso o es horrendo)... Y así llega el turno de la literatura. Hay dos tendencias para despertar: culteranismo o conceptismo. Aunque lo parece, no son opuestos: ambos buscan lo mismo, que te admires y te maravilles, rompiendo el equilibrio entre la forma y el contenido de los escritos.
El culteranismo llama la atención mediante el estilo recargado del lenguaje, muy exuberante y bello, bien ornamentado y con un gran uso de recursos literarios que le aportan musicalidad y complejidad en la sintaxis. Además hay cultismos procedentes del latín y un original vocabulario. El principal representante es Luis de Góngora.
El conceptismo utiliza los significados de las palabras y juega con ellos para transmitir mensajes. Asociaciones de palabras por medio del ingenio, un lenguaje conciso y recursos literarios semánticos aparecen en las obras de Baltasar Gracián y de Francisco de Quevedo. He encontrado un vídeo gracioso sobre su soneto A una nariz.
En el Barroco encontramos los mismos géneros literarios que el Renacimiento. En cuanto a lírica, hay poesía amorosa, filosófica y moral, religiosa y burlesca. Entre los autores destacan Luis de Góngora, maestro en romances, letrillas y sonetos y creador de grandes poemas como la Fábula de Polifemo y Galatea. Lope de Vega, otro autor conocido, escribió romances, poesía petrarquista, poemas mitológicos... Es el autor de Rimas sacras y de este conocido soneto. Y, en último lugar, Quevedo desarrolló muchos de los tipos de poesía nombrados al inicio del párrafo, pero también poesía de elogio y una amplia cantidad de sátiras (son conocidos sus enfrentamientos con Góngora).
La narrativa Barroca continúa con los géneros del siglo XVI (novela bizantina, pastoril, cortesana...), y destaca la picaresca, en la que aparecen obras cumbre como La vida de Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán o El Buscón de Quevedo. Este mismo autor también hizo prosa didáctica (política, filosófica...) y los Sueños, un conjunto de sátiras que muestran malas conductas de distintos grupos sociales, para enseñar y desarrollar el aspecto crítico. Baltasar Gracián trata temas parecidos en Agudeza y arte de ingenio y El Criticón.
El teatro Barroco fue realmente importante, ya que se hizo profano. Se representaba en los corrales de comedias, y era una actividad que reunía al pueblo (aunque también había teatro cortesano y autos sacramentales). Aparece la comedia nacional o nueva a partir del libro de Lope de Vega: Arte nuevo de hacer comedias. Supone todo un avance y muchas posibilidades: se puede mezclar lo trágico y lo cómico, suprimir la regla de las tres unidades de Aristóteles y dividir la obra en tres actos. También se utiliza el decoro: adaptar el lenguaje a cada personaje, según la clase social que representen o la zona donde viven. Los autores más famosos son Lope de Vega, Calderón de la Barca (La vida es sueño) y Tirso de Molina.
He aprendido que las cosas del blog se borran y hay que hacer reflexiones bonitas otra vez. Y también que el Barroco, como todo lo que hemos visto hasta ahora, también se parece mucho al mundo actual y podemos extraer de él muchas enseñanzas.
He aprendido que las cosas del blog se borran y hay que hacer reflexiones bonitas otra vez. Y también que el Barroco, como todo lo que hemos visto hasta ahora, también se parece mucho al mundo actual y podemos extraer de él muchas enseñanzas.
El trato de la Muerte
Marco: es una obra de teatro y se desarrolla en Madrid, durante el reinado de Carlos IV (en teoría, porque los personajes son ficticios).
Argumento: Ana es una joven huérfana que ha sido criada en un convento. Su vida transcurre con aparente normalidad; tiene todas sus necesidades cubiertas, es buena cristiana y, como no la dejan salir, no sabe lo que es la realidad.
Una noche lluviosa, una vieja llamada Jacinta entra en el convento para rezar y se queda dormida en uno de los bancos de la capilla. Cuando despierta, dice que ha tenido un sueño en el que Dios le ha revelado que el futuro del país depende de una mujer. Las monjas no la creen y tratan de echarla, pero la vieja se encuentra con Ana antes de salir, tiene una corazonada y habla con ella. En este primer momento tenemos la inocencia (una niña soñadora) que contrasta con la experiencia y el realismo de Jacinta (una vieja que se gana la vida en la calle, haciendo mil oficios). Obviamente, esta última consigue, con palabras curiosas que le llaman la atención, que la joven se vaya con ella a las calles de Madrid.
En la siguiente escena hacemos un recorrido por estas, conociendo a quienes allí viven (pequeños comerciantes, pero también vagabundos, mendigos y delincuentes). Jacinta se los muestra a la joven (la cual se muestra sorprendida por la miseria de algunos) y después la lleva a su casa. El personaje de la vieja representa la situación de España: ella empieza a hablarnos de su vida, y resulta que cuando era joven había sido una de las mujeres más bellas de Madrid, retratada por pintores y amada por todos. En aquella época, el reino estaba en su apogeo: llegaban noticias de todas partes del mundo y la ciudad crecía próspera. Pero las cosas se habían ido torciendo, y la vejez había extendido su garra sobre Madrid. Jacinta había notado cómo su cuerpo empezaba a marchitarse, y con él el reino: las guerras ya no se ganaban, sino que se perdían. Llegaban enfermedades, y con ellas más personas que tenían que vivir malamente en las calles. En un suspiro, todo lo que ella tenía se había esfumado, y ahora debía ganarse la vida como podía.
Jacinta enseña a Ana a hacer su oficio. La chica, que es muy cristiana, en un principio se niega, pero después de haber conocido lo que ocurre en las calles se pregunta por qué nadie ayuda a la gente; y, sobre todo, por qué en el convento le ocultaban la realidad. Ana aprende junto a la vieja a desenvolverse por las calles, y está triste por todo lo que tiene que ver.
Pero las cosas cambian. Una noche, la Guardia Real entra en la vieja casa de Jacinta para llevarse a Ana mientras está dormida. La vieja intenta impedirlo, pero en su lucha contra ellos uno de los guardias la golpea y la tira al suelo. Estos escapan con la joven, y Jacinta muere sola. Sus últimas palabras son para España. Vemos como la Muerte aparece para llevársela y dice que se cumplirá el sueño que tuvo.
Cuando Ana despierta, se encuentra en Palacio. Los sirvientes le informan de dónde está y ella cree que no puede ser verdad. Entonces aparecen varios personajes: una de las damas de la corte más importantes, que se llama Margarita, junto con un joven duque, Enrique. Margarita dice que es la madre de Ana, aunque ella no era hija de su marido, Alonso, sino de otro hombre, así que por temor a lo que pudieran hacerle la había confiado al convento. Como las monjas le habían avisado de su desaparición, ella había mandado a la Guardia Real a buscarla a escondidas. Pero, claro, su marido sigue por allí, así que Margarita dice que Ana debe vestirse de hombre si no quiere que la descubra y la mate. Para ello, le ofrece un puesto como paje al lado de su hijo legítimo, el duque Enrique.
Ana acepta (¿qué otra cosa puede hacer?), pero le parece estar soñando de nuevo. La vida en Palacio nada tiene que ver con la de las calles de Madrid. Aquí la gente es de otra manera, habla sin prisa y se cree importante, disfruta, se lo pasa bien y derrocha el dinero que tanta falta hacía a muchos ahí fuera. El duque Enrique es uno de esos nobles ociosos que vive una vida de diversión. En su jornada se incluye la caza, la equitación, pasear y acudir a las fiestas de la nobleza. Ana, disfrazada de paje a su lado, encuentra esto como una pesadilla aún peor que la que vio en las calles.
En su vida en palacio, la joven se encuentra con varios artistas, como el pintor de la corte. Además también observa cómo se comportan las damas y tiene la oportunidad de ver de cerca a los Reyes. Mientras tanto, Enrique se ha fijado en ella con interés. Aunque ha tenido aventuras con varias damas de la corte, según le cuentan a Ana otros pajes, esta vez parece realmente deslumbrado con ella. Una noche, Enrique la lleva a un balcón y le pide matrimonio. Le promete a la chica que podrá dejar de fingir ser un hombre y que se irán a unos terrenos que el duque tiene para formar una familia. Le promete una vida feliz y libre de preocupaciones.
Aunque ha pasado poco tiempo en Palacio, parece que Ana ha vuelto a dormirse. En este momento, no recuerda casi nada de sus incursiones en las calles de Madrid con la vieja Jacinta, y la propuesta de Enrique (que en el fondo es su medio hermano) realmente le tienta.
Pero justo entonces, y un poco de forma paródica, el joven duque es atacado por uno de los perros de la corte (hay que imaginarse al actor vestido de perro) y se despeña por el balcón. Ana grita y corre a ayudarlo, pero cuando llega abajo el joven ya está muerto.
Entonces aparece la Muerte de nuevo. Ana le dice que se vaya, que no piensa que Enrique muera. La Muerte se muestra sorprendida porque nunca nadie antes la había visto, pero enseguida sonríe y le propone un trato. Si Ana le deja llevarse a Enrique, convertirá a Madrid en la ciudad más próspera del mundo. Pero si no se lo permite y quiere que el duque viva, entonces España continuará en decadencia, y cuando se recupere no podrá alcanzar jamás ni la mitad de su gloria pasada.
Por un segundo, Ana recuerda las palabras de Jacinta y los rostros de los pobres desgraciados que se mueren de hambre en la misma ciudad, pero ella no lo duda. Quiere salvar a Enrique.
Al instante, el joven duque respira de nuevo, pero la Muerte ha desaparecido y una extraña sombra se cierne sobre el Palacio. Ana no puede creer lo que ha hecho: ¡pero si ni siquiera ama a Enrique! Y ha decidido un mal futuro para su país.
La joven no puede soportarlo, y empieza a correr. Ni siquiera las palabras de Enrique pueden detenerla. Ella se dirige a toda prisa a los aposentos del marido de su madre Margarita, el gran duque Alonso, y le cuenta que es hija ilegítima de su esposa. Alonso se enfada (una mujer vestida de paje acaba de entrar en su dormitorio diciendo tonterías), y vemos a la Muerte detrás de él, sonriendo. Al final, el gran duque Alonso mata a Ana, y lo último que oímos es cómo ella dice:
Por haber preferido dormir
al país he condenado,
y ahora tendré que morir,
pues la Muerte lo ha ordenado.







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